“Un pueblo que elige corruptos, impostores, ladrones y traidores, no es víctima, es cómplice” (George Orwell)
Colombia está viviendo horas aciagas por cuenta de los últimos sucesos políticos que tienen convertido al país en un polvorín, al punto que pareciera no haber remedio y pareciese vivir en una torre de babel en donde ni la misma autoridad sabe para dónde va este pobre país, y simplemente parecemos unos verdaderos parias.
Como en las más tormentosas aguas, zarpó un barco rebosante de ilusiones hacia los que se quedaron anclados en tierra esperando que la tripulación se encargaría de acomodar los mástiles y levaran astas y velas para enrutar el camino, pero nada de eso ocurrió, ello en razón a la cantidad de estupideces y tonterías que la tripulación ha cometido, al punto que sintiendo el atardecer y el sol a sus espaldas sólo parecen y actúan como aquellas personas que al no saber para dónde van, cualquier bus les sirve y obviamente la sociedad y la población hastiada y cansada de tanta palabrería barata pensó que por fin había llegado el momento de recomponer el camino, pero y contrario a ello, ha sido peor el remedio que la enfermedad, en donde una manada de ignorantes y buenos para nada creyeron haberse ganado la lotería y empezaron a hacer de las suyas, bajo la ignominiosa actuación de un líder que no sabe qué hacer ni cómo hacerlo y como la veleta, va de un lado para otro, mientras el país se hunde inexorablemente en los horrores de la corrupción y el desgobierno.
En una circense y bochornosa sesión de hace algunos días, el barco hizo aguas y naufragó delante de una audiencia que perpleja e impertérrita observó que el gobierno es un remedo de administración, en donde los capulinas de turno fueron apaleados y expuestos en la picota por el payaso orense quien como maestro de ceremonias de la carpa de Nariño cada vez se muestra aislado y perdido, por cuanto está más pendiente de su incontinencia verbal a través de los dispositivos electrónicos en lugar de ponerse serio y hacer lo que debería hacer, en razón a que se está convirtiendo en el sepulturero de la patria.
No hay liderazgo, nadie toma decisiones de fondo, el líder vive desconectado de la realidad y seguimos siendo vistos como el hazmerreír del mundo, al punto que emulando a la Chimoltrufia, -como dice una cosa dice otra-, catapultando a la administración como una colcha de retazos que de no parar y recomponer el camino, vamos directamente de derrier para el estanco.
Alejándonos de la forma debemos enfocarnos en el fondo en donde se tiene un enorme desafío para aplicar la administración y gerencia pública moderna, la cual no es solamente administrar y decir pendejadas, sino en ir más allá de lo evidente y elemental para gestionar y satisfacer las necesidades de los ciudadanos, evitando seguir actuando como una veleta que sigue los estertores del viento y cada vez la estrellada es más estrepitosa y sus consecuencias funestas y depredadoras para todos, aun para esa caterva de ignorantes pendencieros y belicosos que todavía piensan que remando en contra del viento encontrarán la luz en medio de ese oscurantismo administrativo que pulula en las esferas estatales y gubernamentales.
Recordando al filósofo Heráclito, padre de la dialéctica, quien decía que “todo fluye, nada es estático”, estamos asistiendo a una vergonzosa opereta administrativa en donde los problemas de corrupción fluyen de manera desbocada y el país flamea en llamas, ardiendo como en la primavera árabe, mientras el payaso orense en la carpa de Nariño ni cuenta se da y sólo se ven las cenizas
Columna de Opinión
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