Uribe nos salvó del Armagedón

Columnas de Opinión
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Gratitud eterna para quien, en la hora más difícil, tuvo la generosidad de espíritu y la claridad mental para evitar que Colombia cayera en una catástrofe sin precedentes. Álvaro Uribe Vélez desescaló una crisis diplomática de magnitudes incalculables, provocada por un gobernante desquiciado. Si antes el título de Gran Colombiano le quedaba grande, hoy le queda pequeño.

Cualquier error que Uribe haya cometido en el pasado, a mi juicio, queda olvidado. Solo respeto y admiración para quien, en un escenario abrumadoramente desfavorable para los intereses nacionales, actuó con responsabilidad y sentido de Estado.

El impacto inmediato de esta crisis hubiera sido devastador: aranceles que destruirían millones de empleos y quebrarían miles de empresas. La ingenuidad de algunos sectores del gobierno y de líderes de opinión quedó en evidencia al creer que la solución era simplemente abrir nuevos mercados. Ignoran que construir una cadena de aprovisionamiento toma años, que los productos se adaptan a los gustos y regulaciones del mercado estadounidense, y que el proceso legal y logístico es extraordinariamente complejo. Pretender que el Ministerio de Comercio resolvería el problema con un chasquido de dedos es, cuando menos, absurdo.

También se subestimó el poder de Estados Unidos para aislar económicamente a Colombia. La llamada "opción nuclear" de las sanciones estadounidenses habría puesto al país en una situación insostenible. Sancionar a cualquier entidad o persona que haga negocios con Colombia, congelar activos y, en el peor de los casos, bloquear el acceso a la plataforma SWIFT, lo cual habría sido un golpe letal. Sin SWIFT, no habría transacciones financieras internacionales, ni remesas, ni comercio. Nos habríamos visto reducidos a comerciar con estados parias, con las consecuencias económicas y sociales que ello implica.

Es imperativo que Colombia evite, a toda costa, llegar a este punto, incluso si ello requiere la remoción de Gustavo Petro por la fuerza. No podemos sacrificar el bienestar de una nación entera por los desvaríos de un solo individuo. La estabilidad del país exige evaluar seriamente el estado mental del presidente, pues esto se ha convertido en un asunto de seguridad nacional.

En su mente alucinada, Petro creyó poder iniciar una revuelta contra Estados Unidos, convencido de que los líderes de la región lo seguirían. La realidad lo golpeó de frente: estaba solo. Actuó sin medir las consecuencias de sus acciones, sumiendo al país en una crisis de proporciones históricas. Su viaje a Haití fue el reflejo de un delirio de grandeza; se sintió un Bolívar a punto de iniciar una nueva gesta emancipadora.

Mientras en Colombia se desataba el caos, Donald Trump resolvió el "impasse" entre hoyo y hoyo de su juego de golf, dejando en evidencia la absoluta debilidad de la posición colombiana en la mesa de negociación.

Y en medio de la peor crisis de la historia reciente, Petro desapareció. Sus propios funcionarios, desesperados, recurrieron a Uribe para evitar el colapso total. El país quedó a la deriva por un simple trino presidencial. Esta situación no puede repetirse. Petro debe entenderlo o atenerse a las consecuencias.

Columna de Opinión e-mail: vivesg@yahoo.com