La generación que perdió la brújula

Columnas de Opinión
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Brian Thompson caminaba de regreso a su hotel después de haberse tomado un café en un Starbucks cercano, cuando unas balas disparadas por la espalda cegaron su vida.  El asesino es un joven de 26 años llamado Luigi Mangione. 

El señor Thompson era el presidente ejecutivo de la compañía de seguros de salud United HealthCare, y Mangione un joven miembro de una familia pudiente y egresado de las mejores universidades en los Estados Unidos y con pergaminos envidiables.

Según se dice, la personalidad de Mangione cambió radicalmente después de una cirugía de espalda que le dejó dolores fuertísimos y dicen que afectó su capacidad de mantener relaciones sexuales.  De alguna manera, Mangione culpaba a la industria de los seguros de salud de lo que le sucedió, y en su mente, ya no lúcida, inició una cruzada contra los villanos que terminó como lo he descrito.  El joven hoy espera juicio en Nueva York.  Este caso tiene similitudes con el caso del Unabomber, un delincuente que en su tiempo condenaba la tecnología y enviaba cartas bombas a personas destacadas en este campo.

La parte preocupante de éste lamentable hecho es que 41% de los jóvenes adultos entre las edades de 18 y 29 años piensan que lo hecho por Mangione es aceptable, y un 19% se dice neutral.  Los resultados de la encuesta han encendido todas las alarmas y se están haciendo esfuerzos para entender en qué y dónde se ha fallado, comenzando por el asesino que se sale de los estereotipos.

Creo que las causas de por qué estos jóvenes no tienen una brújula moral y no distinguen entre el bien y el mal son diversas.  Lo primero es el entorno familiar donde hoy tenemos familias disfuncionales o destruidas, con problemas de adicción y enfermedades mentales.  El ambiente familiar es malsano y toxico, y los niños son dejados a la deriva; es decir, en manos de las redes sociales, de los video-juegos y de las malas influencias virtuales y reales.

Las profundas heridas causadas en el entorno familiar encuentran un nicho natural de desfogue en los video-juegos violentos, y compartiendo experiencias en Tik Tok, Instagram y similares.  Estos instrumentos han exacerbado las enfermedades mentales en los jóvenes y los ha sumergido en una realidad virtual que les dificulta distinguir entre lo real y lo virtual.  El efecto real ha sido desensibilización sobre las consecuencias de sus actos en la vida real.  Cuando se asesina constantemente en un video-juego, se quiera o no, se pierde la sensibilidad en personas no formadas, y se llega a ver el asesinato como un juego, como algo trivial.

Estos jóvenes son enviados a las escuelas y universidades donde no hay realmente un proceso formativo tendiente a fortalecer la capacidad crítica y la valoración ética y moral de los actos humanos.  Con pocas excepciones, en casi todos los centros de educación los estudiantes son simplemente adoctrinados, y parte del adoctrinamiento progresista consiste en deshumanizar al que piensa diferente a punto tal de justificar su aniquilamiento.  El hoy electo presidente Trump recibió dos atentados contra su vida. 

Si a todo esto le sumamos el discurso predominante en la mayoría de los medios de información masiva del mundo, sin duda algunos amplificadores de la agenda progresista e instigadores del odio y del resentimiento, se puede entender por qué al 60% de los jóvenes estadounidenses les parece que lo hecho por Mangione es aceptable.  Si se entiende todo esto, también es fácil entender por qué estos jóvenes pueden ser convencidos de cualquier cosa y tienen la capacidad de convencerse a sí mismos de que sus enfermedades mentales y la distorsión de la realidad son normales.

Pareciera que el mundo está despertando a lo que sucede con los jóvenes.  Remediar el daño no será tarea fácil, y comienza por los hogares y la familia.

Columna de Opinión e-mail: vivesg@yahoo.com