Infancia feliz

Columnas de Opinión
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A escasos meses de la celebración de los 500 años de Santa Marta, quiero desempolvar los recuerdos de la Santa Marta en que nací y pasé los primeros 17 años de mi vida; apenas un cerrar de ojos en tan larga historia pero que coincidió con uno de los tantos despertares del mundo y de Colombia.

Mi primer recuerdo es la llegada del hombre a la luna.  A mis cortos tres años, entendía que era algo increíble.  No había llegado la televisión a colores ni las televisiones eran tan comunes y solo las familias pudientes la tenían; así que había que gorrear televisión, pero su uso comenzaba a extenderse aceleradamente y con ello el nacimiento de la era de la televisión colombiana.  Colombia era todavía un país de radio, aparato que se me antojaba era una caja mágica, y recuerdo la Escuelita de Doña Rita, y un sinnúmero de maravillosas radio novelas y cómicos.  Recuerdo a Kalimán, Arandú, Juan Centella, Juan Sin Miedo, el Código del Terror, y cómicos como Hebert Castro, la Nena Jiménez, Montecristo y Los Tolimenses.

Otro recuerdo que tengo, es ver a mi padre pegado a la radio escuchando el famoso debate Fadul - Peñalosa.  Aumentada la penetración de los televisores, surgieron programas como Animalandia con el famoso presentador Pacheco, Concéntrese con Julio Sánchez Vanegas, El Club del Clan (creo que se llamaba así) y patrocinado por ponqués Ramos, y el programa familiar de los domingos que era una comedia llamada Yo y Tú con Alicia del Carpio y dónde comenzaron muchos de los actores que hicieron época, entre estos el samario Franklin Linero.  En todo el país, menos en Bogotá, solo teníamos dos canales, y la programación era bastante regular en un país que comenzaba a urbanizarse y de cierta forma a modernizarse rápidamente. 

Los niños no andábamos pegados al televisor y nuestra diversión era jugar futbol o montar bicicleta o jugar trompo o boliche (canicas); siempre con primos y amigos.  De vez en cuando pasaban nuestros primos Vives Lacouture con un balón de basketball y nos íbamos a jugar basket a la Villa Olímpica.  Ir a la playa los fines de semana era también plan.  Había mucho lote de engorde por toda la ciudad, y con los amigos de la cuadra nos íbamos a cazar lagartos y a hacer travesuras, creyéndonos exploradores.  Las tiras cómicas de los diarios capitalinos de los domingos eran codiciadas y peleadas entre hermanos, y ni que decir los famosos paquitos que una vez leídos se podían intercambiar en el mercado público. 

El único parque de diversiones que recuerdo eran tres columpios oxidados y casi siempre inservibles en Mamatoco.  La única heladería que recuerdo quedaba en el centro diagonal al edificio de los bancos.  Solo había dos oportunidades para recibir regalos: el cumpleaños y Navidad; sin duda ésta ultima una época muy feliz por los regalos, las novenas y el compartir en familia y ni que decir época de vacaciones.  No había calendario B en ese entonces.  Y la infaltable brisa huracanada, que los samarios llamamos La Loca.  Por asociación de recuerdos, la brisa siempre me hace feliz porque está indisolublemente ligada a una niñez feliz.  Aprovechábamos la brisa para volar cometas que hacíamos nosotros mismos con papel periódico.  La primera película de cine que vi, Topogigio, fue en el Teatro Libertador que quedaba en la Avenida Libertador; teatro creo pertenecía a uno de los Ceballos.

Otros momentos de gozo eran la llegada de los circos y las ciudades de hierro, que se instalaban en un enorme lote vacío al lado de la estación de bomberos y frente al colegio La Presentación.  La Santa Marta de mi niñez era un pueblo con aspiraciones de ciudad.

Columna de Opinión e-mail: vivesg@yahoo.com