El buen gobierno consiste en tomar lo bueno de los predecesores, darle continuidad y mejorarlo, e igualmente incluye tomar las medidas necesarias para contrarrestar aquello que no funciona. Como en casi toda situación, hay elementos que se controlan y otros que no y es claro que solo podemos manipular aquellos que controlamos. Hagamos un poco de historia.
Samper le entregó a Pastrana un país en ruinas y casi que tomado por la guerrilla. El estado no tenía ni los recursos ni la profesionalidad de sus fuerzas para confrontar el desafío a la institucionalidad. Intentó una negociación con rodilleras, pero a la vez consiguió los recursos en Washington para mejorar exponencialmente la capacidad operativa de las fuerzas armadas.
Uribe heredó el mismo estado fallido de Pastrana pero con la ayuda de Washington fue capaz de alcanzar el punto de quiebre y herir de muerte a la guerrilla y desmovilizar a los paramilitares. Recuperada la seguridad, la economía se recuperó de manera importante.
Santos recibió un país que iba bien encaminado y con una guerrilla herida de muerte. Inexplicablemente, con su proceso de paz, le dio la oportunidad a la guerrilla de recuperarse y crecer y multiplicarse, y a su vez, otros grupos surgieron. El estado comienza a perder control territorial nuevamente. El enfoque de Santos fue una paz de papel y falaz.
Llega Duque y recibe un país con seguridad ciudadana en declive, y de ningún lado aparece la pandemia que destruyó miles de negocios y generó un problema social. Duque tomó decisiones desacertadas pero que supuestamente estaban respaldadas por la ciencia. Adicionalmente, inyectó liquidez a la economía –que es lo correcto- creando en el tiempo un problema de inflación. Básicamente, la pandemia dictó la agenda Duque.
Petro heredó un país con problema de inflación y con problemas socio-económicos resultantes del manejo de la pandemia. El problema es que Petro ha querido implementar una agenda económica y social que no consulta la realidad del país y que agrava los problemas al no tener un equipo idóneo. En vez de aliviar los problemas sociales creando empresas y empleo se ha dedicado a decrecer, como dice él, la economía. El asistencialismo, que en apariencia mejora lo social, en realidad no es sostenible en el mediano y largo plazo cuando el porcentaje de la población servida es alto; es decir, es un éxito ilusorio. Por otro lado, no ha tomado ni quiere tomar las medidas lógicas para mejorar la infraestructura productiva del país y combate irracionalmente las fuentes de energías que harían competitivos a nuestros sectores productivos. Necesitado de recursos para su asistencialismo inocuo y perverso, arruina la joya de la corona, Ecopetrol y debilita a los hidrocarburos, que son la principal fuente de ingresos para el país.
Con todo lo anterior, no sorprende que las finanzas públicas estén en serios problemas y que para mantener su ilusión de progreso Petro necesita muchos más recursos pero ha destruido las fuentes de ingresos. Ante la negativa del Congreso de participar en semejante desafuero, aprobó por decreto un presupuesto seriamente desfinanciado y con ficciones que pueden no materializarse, como por ejemplo, la aprobación de otra reforma tributaria.
Ante la calamitosa situación de su desgobierno, Petro se la pasa culpando a Duque. El problema no es lo que Duque hizo o dejó de hacer; el problema es un gobierno que ha ignorado las premisas de buen gobierno, que desconoce tercamente la realidad del país y que además se rige por una agenda apocalíptica e ideológica. Todo lo hecho por Petro ni es sostenible ni es un paso adelante en la solución a los problemas estructurales e institucionales del país.
La herencia de Petro será fatal. ¿Qué tanto? No lo sabemos porque todavía quedan dos largos años.