¡Joder tío!

Columnas de Opinión
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Los actos humanos generalmente tienen componentes tangibles e intangibles.  Por ejemplo, regalar rosas a quien se ama es una forma de decirle te amo.  A veces es difícil aprehender lo inmaterial o simbólico detrás de lo material, y es así como se puede argumentar con atención exclusiva a uno de los dos componentes o desde una posición integral.  Hay que resaltar, sin embargo, que lo importante es lo inmaterial y no lo material.  La ley que prohíbe las corridas de toros se hizo con base en lo material.

El toro desde tiempos antiquísimos ha sido símbolo de fertilidad, fortaleza y valor.  En la mitología griega, Zeus se transformó en toro blanco para seducir a Europa, una princesa fenicia.  El toro es parte del zodiaco, y así sucesivamente.  Las características del toro han sido admiradas y respetadas, y por esto surgió la tauromaquia.  El toro más que un pedazo de carne es un temperamento, un espíritu indomable, feroz y noble a la vez.  En sentido antropológico, la tauromaquia es una danza en la que el hombre  mide su valor ante un contendor de valía; es además, una danza de conquista entre Eros y Tanatos.

El toro de lidia no es el toro de finca lechera, como creen los animalistas.  El toro de finca lechera es una mascota que no alcanza a ser toro.  El espíritu del toro verdadero vive en el toro de lidia, que es un animal salvaje, auténtico y preservado como tal; un animal majestuoso en todo su poder.  La ley que prohíbe las corridas ha preservado la carne de los supermercados e inadvertidamente ha asesinado el espíritu del toro.  Cuando desaparezca el toro de lidia desaparecerá el toro.

No hay crueldad mayor que la ignominia de morir en un matadero y tener como destino final una nevera de supermercado.  Nadie recuerda los toros sacrificados en matadero.

En lo simbólico de las corridas de toros hay una enorme dignidad.  El toro muere peleando; a veces su vida es perdonada por su nobleza y a veces resulta vencedor.  No conozco el primer toro que haya salido victorioso del matadero o al que le hayan perdonado la vida.  Tampoco sé del primer carnicero que haya salido a hombros por la puerta grande del matadero o que haya perdido la vida corneado, por un toro obviamente.  El arte ha inmortalizado la tauromaquia.  El torero que se juega la vida en la arena, con su traje de luces, hace suspirar a las damas, y a veces se convierte en legenda.  Todos sabemos de Manolete y del toro Islero que lo mató; otros famosos como El Juli y Rincón.  Por otro lado, no sé de dama alguna que suspire por el carnicero de la esquina con su bata blanca llena de sangre y sus botas La Macha.  Tampoco sé de un carnicero que haya dedicado orejas a nadie ya que su menester es venderlas para sopa de menudencias. 

Para añadir insulto al daño, los que celebran haber acabado con la barbarie y crueldad de las corridas, y que casi son los mismos que rechazan el “genocidio” de Palestina, son también los que celebran a rabiar el derecho de las mujeres a asesinar al hijo no nato.  En Colombia, si tomamos la cifra más baja, se dan 150 mil abortos al año.  Difícil no ver la incoherencia.

Es un insulto para el país que se dediquen energía, tiempo y presupuesto a un tema pueril.  Colombia es el país de las masacres donde niños mueren de hambre, donde el presidente quebró la salud colocando en peligro la vida de millones de personas, donde muchos no tienen acceso a lo básico, y ahora resulta que el gran logro legislativo es prohibir las corridas de toros.  ¡Joder tío!

Columna de Opinión e-mail: vivesg@yahoo.com