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Columnas de Opinión
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Escrito por:

Germán Vives Franco

Germán Vives Franco

Columna: Opinión

e-mail: vivesg@yahoo.com



Hay travestismos inexplicables que en vez de dilucidar un asunto lo oscurecen aún más, como por ejemplo reciclar a Samper Pizano para lavarle la cara a Petro.  El desespero debe ser grande.  Entre Samper y Petro hay las mismas diferencias y distancias que hay entre un sofisticado criminal de cuello blando de Wall Street y un burdo apartamentero tercermundista.  Al final ni redimieron a Samper ni lograron lavarle la cara a Petro.

Samper Pizano tiene apellido ilustre, recibió una excelente educación y es una persona culta.  Se hizo políticamente bajo el ala de López Michelsen, y en ese orden de ideas, no era descabellado que llegara a ser presidente, como efectivamente lo fue.

Petro Urrego no tiene apellidos ilustres ni recibió una excelente educación ni es culto.  De él sabemos que fue guerrillero y estuvo en la cárcel, y en ese orden de ideas, era descabellado pensar que Petro llegaría a ser presidente de Colombia.

Hay algún paralelo en cómo llegaron a la presidencia.  A Samper una conspiración sofisticada del cartel de drogas más poderoso del mundo, sin que él supiera, invirtió seis millones de la época para hacerlo presidente. Le renunció su vicepresidente, De La Calle, lo acusaron Medina y Botero, los Estados Unidos le quitó la visa, entre otros sucesos.  Y a pesar de la abundante evidencia fue absuelto en el congreso.  Samper sabía que lo mejor para el país era renunciar, pero le paró bolas a la mamá que resistida a creer que su niño terrible ya crecido fuera un narcopresidente, le dijo que no renunciara; y entonces soltó la desafiante y lapidaria frase de aquí estoy y aquí me quedo.  Al terminar su desgobierno, Samper le entregó a Pastrana un país en manos de la guerrilla y un estado fallido.

A su vez, Petro llegó con aportes de narcos o exnarcos o contratistas que se han enriquecido con el estado, según declaraciones de Nico el negado y de Benedetti.  Los hechos todavía son materia de investigación.  A diferencia de lo sucedido con Samper, nadie ha renunciado y por el contrario, algunos actores principales han sido premiados por sus buenos servicios a la causa.  Es probable que de llegar el caso al congreso, la causa corra la misma suerte del 8.000.  Se pregunta uno cuantos carrotanques y cuantas ollas comunitarias nos costará la absolución de Petro.

En lo personal Petro y Samper no podrían ser más diferentes. Uno no se imagina a Samper contando furtivamente efectivo para meterlo en una bolsa y con cara de niño que se encontró la huaca de la mamá con los dulces prohibidos.  Ambos personajes son cínicos pero difieren en estilo. El cinismo de Samper es fino, inteligente, maquiavélico, amoral y casi ideológico.  El de Petro es burdo, grosero, resentido, inmoral e ideológicamente ciego.

En una democracia madura Samper hubiera sido condenado; unos bigotes tupidos, armados de un portátil y mucha mermelada hicieron el milagro.  Sin embargo, la ignominia lo acompañará más allá de la muerte.  En el caso Petro parece que se repetirá la historia; la misma película y trama con distintos actores.  Y es predecible, por cómo van las cosas, que cuando Petro entregue el gobierno, entregará también un país fallido y en manos de los múltiples actores de la violencia y delincuencia en Colombia.  El temor es que al final de su mandato suelte la misma frase desafiante y lapidaria.

El fallido acto de auto redención de Samper al decir que a él le hicieron un golpe blando es una de las más canallescas manifestaciones de su maquiavélico cinismo, y aquí también hay un paralelo asombroso con Petro; actuar judicialmente cuando hay causa probable de la comisión de un delito nunca será golpe blando ni instrumentalización de la justicia sino simplemente cumplir con la ley.