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De la mala educación y otros espantos

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Hernando Pacific Gnecco

Hernando Pacific Gnecco

Columna: Coloquios y Apostillas

e-mail: hernando_pacific@hotmail.com



Soy “habitante de la calle”: casi todas mis actividades fuera de casa las hago andando a pie o utilizando el transporte público, dándome así una buena “untada de pueblo”. Mi auto muere de tristeza en un garaje; pasean más los perros de mis vecinos. Aprovecho la calle para observar los actos de las gentes; noto la pérdida gradual de las buenas costumbres (esas que cualquier persona realiza sin afectar a los demás o, mejor, beneficiándolos), lo cual arrastra la civilidad a los más profundos erebos. Cuando preparaba esta nota, recibí un artículo de la revista Plaza (Valencia) que firma Javier Carrasco, denominado “El triunfo del arrabal” (lo recomiendo), referente a la pérdida de los modales en España. Si el autor se horroriza por el comportamiento de sus conciudadanos, de Colombia huiría espantado.

En 2017 escribí para EL INFORMADOR una columna, “Construir al ciudadano”, que trata de la falta de valores y principios de muchos ciudadanos, cuyo comportamiento afecta significativamente a la sociedad. Carrasco, el columnista valenciano, se refiere a la agonía del usted, a la charca de la vulgaridad, a lo chabacano y a la falta de cortesía. Paradójicamente, tenemos a España como ejemplo de civilidad; nos causa grima el comportamiento de la juventud sin orientación efectiva en materia de educación, civismo y respeto: tanto allá como acá, el asunto ha sido lento pero inexorable. Cuando las humanidades cedieron el paso a materias técnicas y “científicas”, el proceso destructivo aceleró corroyendo las bases reales de la educación. ¿Quién se atrevía antes a tutear a una persona mayor, a disparar groserías constantemente, o tener comportamientos patanes? Respetábamos a nuestros padres. Hoy, la educación parece enfocada en sacar científicos o influenciadores que irrespetan a los demás y al entorno. Afortunadamente, hay también muchos jóvenes intachables.

Los contenidos académicos del Ministerio de Educación pretenden producir ciudadanos ejemplares. Se promueven valores, participación ciudadana, democracia y otros temas interesantes como alimentación, salud y nutrición, educación artística y proyectos pedagógicos productivos. Hasta ahí, maravilloso. Pero ¿cómo se enseñan esas materias y como se aplican en nuestra sociedad? El comportamiento de muchos jóvenes indica que esos propósitos no calan debidamente en los educandos. Lo siento, padres y profesores; algo falla en casa y en los centros académicos.

Cuando alguien se dirige a otros o llega a un lugar lo mínimo que esperamos es un saludo; se sustituyó el “buenos días” por el “ey, viejo man”, el trato cortés para solicitar algo por el verbo impositivo; “por favor y gracias” parecen antediluvianos. Atemorizantes gañanes arropados en chándales se enseñorean en su patanería; parecen disfrutarla. El buen comportamiento en la mesa está desapareciendo; entre usted a un restaurante de comida rápida y me cuenta. En la calle observamos a policías en moto pasándose los semáforos en rojo o en contravía en los andenes, conductores a toda velocidad irrespetando a los peatones, pitos agresivos, motociclistas culebreando entre los automóviles ignorando las luces direccionales, ciclistas suicidas irrespetando la mínima prudencia, “ciudadanos” que no recogen las heces de sus perros, etc. El reguetón apabulla a la música.

Díganme como quieran: añoro esos viejos tiempos. Sin olvidar ninguna materia, nuestro bachillerato se enfocó más en las humanidades: historia, geografía, filosofía, castellano, lectura y materias similares; nos enseñaron civismo, urbanidad y respeto. El actual nivel promedio de lectura es vergonzoso, la comprensión desaparece irremediablemente, los clásicos fueron apartados por “libros” de personas sin recorrido académico o de influenciadores ignorantones. A esos personajes, mi madre los denominaba aplebeyados.

Fantaseo inútilmente con la corrección del pensum académico; anhelo que las humanidades sean primordiales y la educación en valores, efectiva; que la honestidad y la integridad se impongan a la indecencia, la ignorancia y la deshonestidad; que la sociedad, en vez de adorar, repudie a tanto patán impuesto con violencia. La forma y el fondo son igualmente importantes. Deseo el regreso de los buenos modales y costumbres, la solidaridad, la galantería y la empatía. ¿Demasiado soñar?