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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM

Solamente unos meses antes de cumplirse media centuria de estrenada su espeluznante película, El exorcista, ha muerto el director de cine William Friedkin, a los ochenta y siete años. Tal filme, a su vez basado en la novela homónima de William Peter Blatty, aunque obtuvo diez nominaciones en los Premios Óscar de la época, apenas alcanzó dos victorias definitivas; algo irrelevantes, sí, habida cuenta del quiebre que significó este trabajo, al que ni el tiempo pasado ha conseguido oxidar. Pareció escaso, pues, aquel reconocimiento experto a tan rica producción que, recurriendo a la revelación del mal sobrenatural, logró asustar al público y forzarlo a quedarse hasta el final por más aterrado que estuviera. Conozco a personas que ni siquiera hoy podrían ver solas el largometraje.

La idea original de la novela que sirvió de base al guion salió de un hecho ocurrido en 1949, en el país del norte, y no a una niña sino a un joven. El reporte de prensa de entonces señala que, luego de no menos de treinta sesiones de exorcismo, un sacerdote católico, cuyo nombre se omite, liberó a la víctima del martirio que le infligía el diablo de las Sagradas Escrituras. Dos décadas después, a lo mejor sin proponérselo conscientemente, el escritor Blatty, que fue pupilo de preceptores apostólicos, supo enaltecer a los curas de Roma en una ficción que retocó ese sucedido y que incluyó la trasposición de un demonio mesopotámico. El libro fue un éxito de ventas, y un par de años más tarde asimismo se manifestó la película, en lo que puede llamarse una espiral ascendente de terror.

Durante el rodaje se produjeron, por supuesto, las esperables expresiones del más allá que a cualquiera le hacen cuestionarse seguir adelante. Friedkin, ahora desde dicho otro plano, recordaría muchas veces en vida que, ante la quema de un set de grabación, el fallecimiento prematuro del actor que precisamente iba a ser asesinado por la jovencita poseída, varios accidentes laborales, etc., le tocó buscar su propio cura para estabilizar las cosas y poder terminar lo que había empezado. Así, y aun lidiando con las presiones de la Iglesia católica y de satánicos por igual, el director ordenó ponerse todavía más en situación: montó escenografías dentro de un cuarto frío, por lo del vaho respiratorio; hacía quemar pólvora para poner nerviosos a los actores; y, al intérprete del clérigo que dudaba de su fe, nadie le avisó que la adolescente posesa le adornaría la cara con vómito de utilería.

A uno de los actores secundarios, un jesuita de verdad que hacía de jesuita en la película, el padre William O’Malley (y con este William ya van tres), Friedkin alcanzó a darle una blasfema bofetada para que llorara en serio en una escena clave, pues su personaje intentaba absolver los pecados de otro sacerdote, su amigo, en medio de los estertores de la muerte. Lamenté de veras cuando, en 2019, el nombre del carismático O’Malley fue mencionado por una supuesta violación a un menor de edad hacia mediados de la década de los ochenta del siglo pasado. Al leer la noticia, recuperé de la retina, justamente, la fotografía próxima del clériman en su cuello; murió el 15 de julio pasado, a los noventa y un años. William Peter Blatty, por su lado, partió a inicios de 2017, casi nonagenario.

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