Innovación y sociedad

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Escrito por:

Saúl Herrera Henríquez

Saúl Herrera Henríquez

Columna: Opinión

e-mail: saulherrera.h@gmail.com



Es evidente sin duda la forma como de una u otra manera han contribuido en la construcción del desarrollo social y en el mejoramiento escalonado del bienestar social, a través del ejercicio de la ciudadanía, la participación activa y la democracia; donde Estado, empresa y sociedad crean articulaciones sólidas, suplementarias, sustentables y sostenibles en torno al bien común, las Organizaciones No Gubernamentales (ONG) u Organizaciones de la Sociedad Civil (OSC), denominadas como tercer sector, que como indicábamos, es ese conjunto de entidades (asociaciones, fundaciones y demás) que no siendo públicas, ni teniendo ánimo de lucro, se ocupan de realizar proyectos de acción social, lo mismo que defender intereses de colectivos de cualquier tipo.
Tal articulación entre sectores, se hace realmente más efectiva en la medida en que se soporte en la autonomía institucional y operativa de cada sector. La dependencia de financiamiento público y privado del Tercer Sector coloca a dichas organizaciones en una posición asistencial y subsidiaria, determinada por demandas sociales que el Estado no logra cubrir o bien por la inconsistencia filantrópica de las empresas, donde el nivel de respuesta del esfuerzo social de estas organizaciones termina siendo reactivo, recursivo e insostenible; siendo por tanto un esfuerzo que se diluye al ser un sector sumamente fragmentado, y es labor que debe cuidarse al máximo dada la tarea que adelantan.

No pueden ellas seguir con la camisa de fuerza de una mentalidad asistencial de dependencia, sino adentrarlas a una mentalidad de innovación social accionaria y redituable; esto es, un modelo de organización que genere solvencia económica con la búsqueda agregada de nuevos sistemas de generación de ingresos; donde su perfil no lucrativo se integre a uno de mercado que les permita flexibilidad para crear instrumentos de inversión social (créditos, participación accionaria o bonos de impacto social), en los que se optimice balance de riesgo, impacto y rentabilidad.

El necesario y urgente cambio digital de dichas organizaciones y su diversificación de canales de captación de fondos a través de crowdfundings (financiación colectiva en línea) impulsados por estrategias de fundraising (consecución de fondos en línea), plantean nuevas y dinámicas alternativas para genera fondos de capital privado para el bien social más allá de las fronteras patrias; lo mismo que la posibilidad de digitalizar procesos dentro de la organización para identificar eficiencias, acumular ahorros y sistematizar información de sus intervenciones sociales, lo que les facilitaría y permitiría ganar precisión y agilidad de respuesta en su quehacer solidario.

En todo, el Estado deberá demostrar agilidad y flexibilidad en el marco regulatorio, que incorpore un sistema de gobernanza y rendición de cuentas en los nuevos alcances de estas organizaciones para robustecer su legitimidad; y las empresas, al integrar la filantropía y consolidar superiores líneas de responsabilidad social en sus estrategias de negocios, obligadas están a potenciar evolucionar su posición de simples donantes a inversionistas sociales responsables.

La innovación social en este tan importante sector es definitiva para identificar nuevos enfoques en la resolución de demandas sociales. Integrar el factor solidaridad en el desarrollo sustentable y sostenible pide un liderazgo social que optimice su espíritu humanitario como canal de influencia y arrastre entre Estado, empresa y sociedad, donde el bienestar sea un propósito escalable, ya que ante la debilidad social todo esfuerzo que se haga no será nunca suficiente ante el cúmulo y cada vez más creciente catálogo de necesidades.


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