No es el fin

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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



Resultó entretenido hace dos semanas ver los gimoteos exteriorizados en las atarrayas sociales por todos conocidas, luego alineados en cuanto periódico, revista, pasquín y “opinadero” hay: a todo el mundo “le dolía” el zafarrancho presentado en el Congreso de los Estados Unidos.
Un barullo de magdalenas que no conmueve. Por otra parte, nadie, o casi nadie, se atrevió a felicitar a Donald Trump por su sutil audacia instigadora, de la que, finalmente, no se podrá predicar responsabilidad criminal del expresidente. Me la juego por esta opción futura, no solo porque así lo creo, sino porque lo prefiero, dos cosas distintas. Pues tiendo a creer que las dudas de las elecciones de noviembre pasado no se tramitaron debidamente, jurídicamente, sino apenas con criterio político, lo que a un tipo como Trump desde luego no iba a dejar inmóvil; había que hacer algo para contrarrestar una ilegitimidad, y acaso ello no podía intentarse sino oponiéndole otra.

El dolor verdadero de los gringos que creen a pies juntillas que les robaron las elecciones presidenciales tal vez no se quede sin satisfacción. No tengo idea de qué pasará en el corto plazo, pero estoy seguro de que los liberales yanquis no tendrán el camino tan allanado que han creído que tienen para deslegitimar el discurso del America First, cuando el mismo está empotrado en el corazón puro de los Estados Unidos de América. No van a llegar Biden y Harris a recomponer nada, ni a regenerar cosa alguna; no serán ellos ningunos impolutos que puedan presentarse moralmente superiores a Trump, ni son los Estados Unidos un país que quiera ser “arreglado” mediante fundamentos distintos de los que se venían aplicando. Todo eso es mentira. Los setenta y cuatro millones de votos reconocidos a Donald Trump sabrán explicarse mejor.

Quizás acontezca que el senil Joe Biden poco a poco pierda participación en su propio gobierno frente a la hambrienta de relumbrón Kamala Harris, y entonces podamos ver en aquel país un verdadero golpe de Estado (no la escaramuza del otro día, fuegos artificiales), al viejo estilo de la CIA en extramuros, ironías de la vida: un vicepresidente gringo usurpando en la realidad las funciones del presidente. Muy hábil sí es Harris para eso, y ya en otra dimensión anda el buenazo de Joe. Si tal pasa, los ciudadanos estadounidenses, tan desentendidos de lo que han hecho y hacen sus líderes en el planeta, al fin sabrán lo que se siente no poder confiar en las formas: ni en las leyes, ni en los políticos, ni en los militares, la policía o Mickey Mouse. Todo sabrá entonces a oscuridad, a incertidumbre. Sean bienvenidos, fellow losers, al patio trasero de la historia.

Mientras eso suceda, los amigos de Trump, que no lo olvidarán (algunos de los cuales puede que ya no sean tan modosos como antes), con pandemia o sin ella acaso se animen a reclamar lo que creen que les pertenece. ¿Suena familiar? Estamos a la expectativa, los estamos observando; algunos comen crispetas mientras lo hacen, otros sonríen con falsía. Yo nada más espero. Me pregunto cuál será el papel de Colombia en el nuevo tinglado: ¿nos irá mejor?, ¿nos irá peor? No creo ni cinco en el maniqueísmo ese que anticipa que Washington va a tratar con frialdad al lastimoso presidente antivacunas (¿dónde están las vacunas?) que sufrimos resignados; por el contrario, creo que Harris sabrá utilizar su contrición disimulada, y así nos irá.


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