Mientras la ciudadanía protesta, la Policía ataca sin compasión

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Escrito por:

José Noriega

José Noriega

Columna: Opinión

e-mail: jmartinnoriega@hotmail.com



“Ser libre no es solamente desamarrarse las propias cadenas, sino vivir en una forma que respete y mejore la libertad de los demás” (Nelson Mandela – Premio Nobel de Paz 1993)
Hace algunos días, el 25 de mayo de 2020 fue asesinado en un poblado de los Estados Unidos, un ciudadano afro descendiente, George Floyd, en una aberrante situación que fue denominada por muchos como racismo, xenofobia, y, -lo que es peor, y lo cual se está volviendo común cada día más-, abusos policiales, hecho que generó una cantidad de protestas en todo el mundo, al punto que muchos deportistas de la raza negra alzaron otra vez su voz para reclamar castigo para los responsables, hecho ante el cual las mismas se han venido repitiendo en distintos puntos del planeta.

Y emulando la barbarie, el 09 de septiembre de 2020, en un procedimiento de aparente rutina de seguridad, unos agentes de policía del CAI del Barrio Villa Luz en Bogotá, pusieron en práctica un comportamiento vergonzoso y bastante común en ellos, cuando descargaron sobre un ciudadano sus sutiles mecanismos de persuasión social, al impactar en varias oportunidades sus pistolas taser sobre la humanidad a de quien en esos momentos, -según las imágenes conocidas-, ya había sido sometido y reducido hasta la casi inmovilidad total, inclusive cuando cesaron sus signos vitales y se dio ese fatal desenlace.

Este hecho degeneró en que unas horas después una horda incontrolable y exasperada decidió tomar la justicia por sus propias manos y arremetió de manera desenfrenada en contra de las instalaciones policiales de Bogotá, convirtiendo a muchas de ellas en antorchas que desdibujaron y desnudaron a una sociedad ávida de justicia y cansada de tanto desafuero y comportamientos delincuenciales de quienes representan al estado y,-no todos, pero si muchos-, actúan escudándose en un uniforme para cometer sus fechorías.

No hay que hacer mucho esfuerzo para recordar que desde hace ya algún tiempo el país ha sido testigo de múltiples abusos perpetrados por la fuerza pública, con consecuencias letales en algunos casos, y generalmente contra personas desarmadas, indefensas e inermes que protestan ante cualquier situación que les parezca es consecuencia de la inoperancia e indiferencia del estado

Sin embargo, seguimos cayendo en ese absurdo facilismo de llamar de manera eufemística las cosas y los comportamientos con un nombre diferente por parte de nuestras autoridades por cuanto sin haber terminado aún las protestas, salen de inmediato a responsabilizar a la guerrilla y sus infiltrados, sin tener una brizna de prueba y obviamente, después de estas falsas imputaciones y ridículos señalamientos, tienen que sostener el cañazo e insisten en ello, al punto de que muchas veces se desvían las investigaciones por el sólo hecho de mantener el cuento, hasta parecer creérselos ellos mismos.

Según las autoridades, que siempre tienen una explicación absurda de cuanto ocurre en su contra, estos desmanes son responsabilidad de vándalos que se infiltran en las protestas y la atizan y de ahí nadie los mueve, como si el pueblo no tuviera la suficiente personalidad y capacidad para levantarse en contra de un estado perverso que arrasa socialmente con sus esperanzas, para seguir llenando sus alforjas, miserabilizando a una sociedad que no aguanta más y puede hacer estallar el polvorín, por cuanto el pueblo está hasta la coronilla de tanta ineptitud estatal y gubernamental.

La repetición desmedida de estos hechos delincuenciales por parte de miembros de la Policía Nacional es consecuencia de esa laxitud de que todo lo resumen y anquilosan ese violento y desmedido comportamiento bajo el manto del fuero militar, y ahí se alcahuetea esa sinvergüenzura, porque no se entiende cómo una institución de orden civil cuenta con ese respaldo constitucional.


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