Megxit

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Escrito por:

Germán Vives Franco

Germán Vives Franco

Columna: Opinión

e-mail: vivesg@yahoo.com



Lo que en el resto del mundo es chisme de farándula, para el Reino Unido es una crisis institucional. Dos lecturas simultáneas y complementarias surgen tras el anuncio del Príncipe Harry y de su esposa Meghan de tomar un rol secundario en la vida cortesana. Una es institucional y la otra personal.

Sobre la segunda, interesante soslayar la enorme carga que se le impone a una persona, Harry, por el hecho de haber nacido en la casa real. El no eligió ser príncipe; nació príncipe con todo lo que implica. Una camisa de fuerza y una cárcel que solo desaparecen con el entrenamiento y educación que enseñan a amar la tradición y a aceptar los sacrificios personales en aras de algo mucho más grande e importante. No es tarea fácil porque asumir el papel requiere ciertas condiciones personales, que tal vez Harry no tuvo por lo sucedido con su madre.

Por las demandas del rol de la realeza, siempre se trata que los miembros de la familia real se casen con miembros de la realeza. Esto hace la vida más fácil, ya que los cónyuges fueron preparados para asumir el difícil encargo. Harry optó por casarse con una mujer de color estadounidense, vulgar, ignorante e independiente, que no dimensionó lo que implicaba ser parte de la familia real y las obligaciones que venían con el título. Creyó que entraba a formar parte de un cuento de hadas con su príncipe azul, y descubrió que no. Hay mucho de Hollywood a Buckingham.

Muchos desaprueban la figura monárquica por considerarla obsoleta. Sin embargo, para los británicos ha funcionado bien. La institución monárquica ha sido garante y arquitecta de la tradición, de la estabilidad institucional y de la definición del carácter y la identidad nacional. La acción de Harry y su esposa abre una grieta profunda que cuestiona el papel de la monarquía como una institución válida que todavía cumple una función de utilidad pública en el Reino Unido de hoy.

Los escándalos y desencuentros no son cosa nueva en el mundo de las intrigas palaciegas, lo distinto es que en el pasado esas disfuncionalidades no atentaban ni cuestionaban la validez de la institución como tal. Mantener intacta la tradición pesaba más que todas las otras cosas. De hecho podría decirse que el surgimiento del anglicanismo fue consecuencia de aferrarse a la tradición de tener un hijo varón heredero del trono. La identidad nacional es producto de la tradición.

La monarquía inglesa ha sobrevivido gracias a la capacidad de adaptarse a las cambiantes circunstancias. El Reino Unido es hoy una sociedad mucho más compleja con demandas sociales igualmente complejas, una sociedad étnicamente diversa, a punto tal que el alcalde de Londres es de ascendencia Hindú. De esta nueva realidad social nace la tensión entre la tradición, que aboga por mantener el statu quo, y el cambio.

Los nuevos inmigrantes no están tan interesados en asimilar los valores tradicionales ingleses y sus instituciones porque de cierta manera no incorporan ni protegen sus intereses plenamente. Lo que está en entredicho es la función social de la monarquía más allá de las pocas funciones de estado y protocolarias que aún conserva. ¿Podrá adaptarse o reinventarse? Y aún más importante, ¿qué implicaría una eventual adaptación o reinvención? Brexit es parte de la crisis de identidad y de la lucha por tratar de mantenerla a cualquier costo. Los ingleses se resisten a no ser ingleses y a convertirse en paneuropeos; prefieren seguir siendo isla.

Harry quiere “trabajar”, vivir alejado de palacio y viajando. El mensaje es que no hay justificación para que los miembros de la realeza no vivan las mismas vicisitudes de cualquier ciudadano británico, y que no se justifican los privilegios. Los cambios en las sociedades que aman la tradición son paulatinos, y está por verse si Harry ha herido de muerte a la última gran monarquía occidental. Quizás fue la forma de vengar a su madre.


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