Entre la histeria y el miedo

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Escrito por:

Germán Vives Franco

Germán Vives Franco

Columna: Opinión

e-mail: vivesg@yahoo.com



Lo que está sucediendo en Taranto, Italia, ilustra las dificultades en la implementación de la agenda ambientalista y nos ayuda a entender el “fracaso” de COP25.
Tendemos a confundir deseos con voluntad. Los deseos por lo general desconocen la realidad, mientras que la voluntad la incorpora. Hay voluntad cuando se entiende el costo y se opta por seguir adelante. En mi opinión, la agenda ambientalista está basada en deseos.
En Taranto, la acería le fue confiscada a sus dueños por haber cometido crímenes ambientales. Posteriormente fue entregada en arriendo con opción de compra al consorcio franco-indiano ArcelorMittal, el cual se comprometió a solucionar los problemas ambientales. Una de las cláusulas contractuales otorgó inmunidad penal al consorcio, ya que a la planta se le acusa de haber causado más de 3.000 muertes desde 2005 hasta 2012.
Con la llegada al poder de Estrella 5, la inmunidad le fue retirada recientemente al consorcio y se le redujo por vía judicial el tiempo acordado para solucionar el problema ambiental. Ante esta situación, o aprovechando la coyuntura, el consorcio pidió la rescisión del contrato alegando cambio material de las condiciones acordadas.
La intención del consorcio obligó a que el alto gobierno interviniera. De cerrar la planta, se perderían 10.000 empleos directos y 20.000 indirectos, y esto en un pueblo de 200.000 habitantes y sin mayores oportunidades de empleo es una catástrofe socio-económica.
La reconversión de la economía local, es decir de la planta para hacerla amigable con el ambiente, toma tiempo y grandes inversiones. En la opinión de algunos, esta es la verdadera razón para repudiar el contrato, aunada a la nada halagüeña posibilidad de operar a pérdida por mucho tiempo. La política de Estados Unidos de colocarle tarifas a las importaciones de acero ha hecho que países como Brasil y Turquía se enfoquen en otros mercados, incluyendo el europeo, golpeando fuertemente a las acerías italiana y alemana.
Si Arcelor Mittal sigue adelante con su plan de cerrar está y otras plantas en Italia, el país se vería forzado a depender del acero importado para sus industrias, incluyendo la prestigiosa industria automotriz. No es claro que sucederá.
Algo semejante sucedió en España con COP25. Se habla de urgencia, se habla de ciencia, de aniquilación de la raza humana, de cambio climático, y de muchas otras calamidades, pero la realidad es que cada país tiene que confrontar panoramas locales complejos exasperados por la globalización. Reconvertir las economías sin perder competitividad en el proceso de transición es un reto monumental e implica costos que pocos países quieren asumir. De hecho la agenda ambientalista misma y sus derivadas están llenas de contradicciones irreconciliables. Por ejemplo, la industria ganadera es señalada por su contribución en la producción de CO2; coetáneamente, los animalistas exigen derechos para estos animales.
Veremos que sucede en Escocia en 2020. Otro tanto sucede con el Green Deal europeo y su meta de neutralidad en la emisión de CO2 para el 2050. Del deseo al hecho hay mucho trecho…y que trecho tan complicado y lleno de escollos.
Más allá de la importancia de estas iniciativas, es censurable utilizar el miedo y la histeria para promover la cuarta revolución industrial. El miedo puede ocasionar el colapso social y político de naciones que no tienen suficiente madurez democrática para dirimir sus diferencias y construir consensos. Hay países que aún no han tenido la primera revolución industrial, y ya sus jóvenes están en las calles exigiendo la cuarta.
La responsabilidad exige reconocer y entender la manipulación detrás del mensaje ambientalista y sus símbolos; verbigracia, Greta Thunberg, “coincidencialmente” declarada personaje del año por la revista Time. Una ONG, de la cual Al Gore es parte, acuñó el eslogan “no hay tiempo”, incansablemente repetido por Thunberg para crear histeria en los jóvenes del mundo, lograr su movilización y forzar a los gobiernos a hacer concesiones. La histeria no puede ser la determinante de la agenda de desarrollo y políticas públicas.


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