Década de integración

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Escrito por:

José Lopez Hurtado

José Lopez Hurtado

Columna: Opinión

e-mail: joselopezhurtado13@yahoo.es

América Latina no ha sido afortunada en sus empeños de integración política y económica. La Aladi, el Grupo Andino, la CAN, el Mercado Común Centroamericano (MCC), son apenas una pequeña muestra de esfuerzos inútiles en esa dirección, por carencia de una verdadera voluntad política y el predominio de intereses de algunos Estados. Ni siquiera el monstruo de mil cabezas de la deuda externa, que lo fue, ("Latinoamérica: Su Deuda Externa". Autor: José López Hurtado. Edit. Ecoe Edic.1987, Bogotá, Colombia), y que pulverizó literalmente las economías de la región--lo del FMI. En Argentina fue una desastrosa experiencia--, permitió unificar iniciativas por parte de los países afectados, en momentos en que las economías de bolsillo se caían a pedazos y la gente moría de física hambre.

Tiempos peores que los de la Gran Depresión en 1929 en E.U., gracias a un despiadado neoliberalismo salvaje, el de Reagan y Tatcher, el cual desnudó como nunca la ausencia de un empeño común para tiempos de crisis. Mucha agua ha corrido desde entonces debajo del puente y poderosos enemigos globales, como el de la transnacional de la droga, para citar el caso más emblemático, ha puesto de presente la flaqueza de cualquier ánimo integrador de los gobiernos y pueblos afectados, en su condición de consumidores o productores. Ni integración de órganos políticos, ni de instrumentos económicos comunes para hacer frente a las amenazas latentes con las que se despierta el nuevo siglo. Las tensiones permanecen ahí.

No obstante, esta parece ser la década de la integración particularmente para los países situados al sur del río Grande, pues todo indica que las estrategias mancomunadas definirán, ahora sí, los destinos políticos y económicos, en el gran ejercicio de los bloques regionales, como la única opción de competencia válida del mundo globalizado. Unasur, en nuestro más inmediato entorno, es un buen intento, que lo será mejor, en la medida en que logre cancelar la deuda de legitimidad que aún tiene por parte de sus países miembros, como lo hemos mencionado en varias oportunidades en este espacio, y Mercosur, su instrumento operativo, es otro gran aporte en formación, al comenzar a desprenderse del manejo marcadamente político que quiso dársele en principio.

De ahí la enorme importancia no sólo de la apertura ambiciosa que el nuevo gobierno del presidente Juan Manuel Santos le ha imprimido a las relaciones internacionales colombianas, sino en especial del giro que Brasil quiere darle al instrumento de cooperación y de su especial interés en que Colombia, ya sea por asociación o por ingreso directo, acceda a Mercosur, lo que "tendría un efecto económico, social y político gigantesco en América del Sur. Sería una verdadera revolución en nuestra organización geopolítica y geoeconómica", al decir de Marco A. García, asesor internacional de la presidenta Dilma Rousseff, que lo fue también de Luiz Inacio Lula da Silva. Santos en su empeño de asumir la vocería regional frente a organizaciones europeas, como lo insinuó en su reciente gira por el Viejo Continente, y la nueva mandataria brasilera con una tradición de liderazgo heredada, pero también con un irrenunciable empeño de seguir construyendo caminos de comunicación internacionales, parecieran ser los símbolos de una nueva era de integración latinoamericana, que la despoje de su condición de frío discurso de lugares comunes. En el entendido, claro está, de que el liderazgo no debe suponer, ninguna clase de hegemonías, así sea en diminutivo.

 

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