Fernando Botero, maestro de maestros en el arte

Editorial
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Realmente Fernando Botero fue un gigante no solo por sus enormes corporeidades, su pasión por el volumen y la monumentalidad; sino, por el simple hecho de que su obra se universalizó, es decir, en todos los continentes conocieron, admiraron y respetaron a ese gran pintor, excelso escultor y dibujante sin par.


Fue un solo y único estilo, una sola línea. Combinaba la belleza de sus formas con las tragedias humanas. Ciertamente ocupará para siempre un destacado lugar en la historia dado que alcanzó la cima en el mundo del arte.

Nació en la capital de la montaña, la ciudad primaveral, esto es Medellín; sus padres eran de escasos recursos, pero él desde su infancia quería salir de ese estado de pobreza. Iba a la plaza de toros porqué tenía la idea de ser torero. Algunos decían que admiraba el coraje de los diestros y otros creían que le gustaba mucho los vestidos de los matadores. Además, así podría encontrar la forma de ganar fama y dinero, pero se dio cuenta muy rápidamente de lo duro de ese oficio y el riesgo de la vida en torno de la tauromaquia.

En consecuencia, desistió de ese empeño, pero lo dejó reflejado en sus pinturas; sus primeros libros de arte fueron cuadernos y las contra carátulas de los cuadernos de colegio cuyo contenido era las biografías de pintores famosos verbigracia Miguel Ángel, Leonardo Da Vinci, Rafael. Él leía esos cuadernos y ahí empezó a pensar y a soñar con ser pintor famoso y todo esto aconteció cuando aún era un niño.

Sobre las corridas pintaba la parte divertida, no la dolorosa; es decir, las majas elegantísimas y los toreros impecablemente vestidos con los chalecos bordados en oro. El veía el mundo muy grande y por ello pintaba, dibujaba y también se reflejaba en sus esculturas, la grandiosidad y obesidad de sus figuras, no importaba si fuese hombres, mujeres o niños, incluyendo las plantas y los animales y hasta las moscas eran gigantescas.
Su secreto o su técnica, según los críticos de arte, era que él pintaba los cuerpos redondos en forma descomunal y ya los detalles de anillos o relojes pasaban a ser diminutos y las caras grandes y los ojos y bocas casi en miniatura. Instalaba un rollo en la pared y lo iba alargando en la medida de su necesidad; un cuadro que empieza con una sola figura podía terminar con una gran concurrencia.
Para Botero el arte era su vida y su vida era el arte. En todo lo que pintaba mostraba los sitios dónde había estado; las personas que quería resaltar; los paisajes que le impactaron; los lugares dónde tomaba café e identificaba en sus lienzos a sus amigos, compañeros de colegio, las mujeres y escenas de la cotidianidad.

Sus favoritos eran los artistas del renacimiento quienes pintaban todas las cosas sin movimiento, y por eso nunca pintó el mar como quiera de que sus aguas siempre están moviéndose y los únicos que vuelan son sus moscos; estaba convencido de que en sus obras no pintaba gordos sino personajes, gente poderosa, fuerte y heroica.

A su juicio la mejor obra quizás la que pintó con lágrimas y sentimiento profundo es el cuadro en honor a su hijo Pedro quién murió a los 11 años. La denominó “Pedrito a caballo”. Era aficionado al futbol y le hizo a nuestro delantero Falcao una pintura cuyo recuerdo perenne quedó en el corazón del jugador. La triste y trágica historia del narcotraficante la materializó pintando el techo de la casa con el capo encima y luego cuándo aparece muerto.

Se inventaba los personajes y las imágenes en el camino. Curiosamente y a diferencia de la mayoría de los pintores iniciaba a las personas por la base o sea por los pies. Comentaba Botero de que “pintar es como hacer poesía. La belleza y la armonía debe estar presente en todos los cuadros y esculturas, así como en todas las expresiones del arte”.

Trabajaba 10 horas diarias. Produjo más de 3000 pinturas y 300 esculturas y expresaba que: “la idea de dejar los pinceles me aterra más que la muerte”. Trabajó durante 40 años en su estudio de Pietrasanta, pequeño pueblo italiano, donde reposan los restos mortales de su incomparable compañera, amiga íntima y singular mujer, Sofía Varí y su deseo es que sus cenizas estén en el mismo cementerio al lado de ella.
Es de destacar su sencillez característica de la grandeza y la elegancia como la concebía el estadista Alberto Lleras y por ello le pidió a su hija Lina, de que en su lápida tan solo se escribiera: “Fernando Botero pintor y escultor”.

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