Semana de cuatro días

Editorial
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El inesperado evento de la pandemia, que no surgió de dificultades en los procesos tradicionales de producción, sino tal vez de un accidente de la naturaleza, tiene efectos en el empleo que exigen ingenio y acción para evitar consecuencias devastadoras.

 

Apelar, o tener que apelar, al despido de los trabajadores, es como cerrarles la llave no solo de las oportunidades sino de la subsistencia, a ellos y a sus familias. Por eso, y en una materia tan sensible, no solamente desde el punto de vista humano sino desde las premisas económicas, sociales y políticas del futuro, es mejor obrar con cautela y a la vez con imaginación.

Bajo las circunstancias presentes, nadie se debería aferrar a ultranza a los parámetros existentes de las regulaciones laborales, pensadas, o luchadas, para situaciones diferentes de la de ahora. Hay que entender que todos los actores de la vida social, y de la producción de bienes y servicios, son víctimas del mismo fenómeno.

Cada uno en diferente proporción, eso sí, y con diferente capacidad de aguantar una serie de medidas que no se han tomado en ninguna parte para castigar a nadie, sino para proteger la vida. Reducir la interpretación y el tratamiento de las dificultades laborales a sus aspectos jurídicos, y adoptar dentro de ese campo posiciones radicales o irreconciliables, puede resultar inoficioso, pues nos encontramos ante una circunstancia que, en lugar de ser vista como ocasión para ganar de una vez todos los pleitos pendientes, del lado que sea, exige flexibilidad y reconocimiento de una verdad incontestable: todos vamos a perder un poco.

Jacinda Ardern, la flamante primera ministra de Nueva Zelanda, a quienes algunos han propuesto como “Presidente de Australasia”, ha estado de acuerdo en que hay que dar por terminada la idea de que la flexibilidad en las relaciones laborales depende exclusivamente de los empleadores.

Después de haber tomado medidas de evidente drasticidad, y conjurado en su país, por ahora, la amenaza de la pandemia, Jacinda aparece con la idea de considerar la adopción de una semana laboral de cuatro días. Esto dentro de las opciones de reanimación de la economía, con la idea de compensar la disminución del turismo extranjero con tres días de descanso para los nacionales, que fortalecerían el turismo interno. Con los arreglos adicionales que darían flexibilidad a las relaciones laborales.

No se trata de una imposición, sino de una idea, según ella, proveniente de diferentes sectores sociales y que debería ser resuelta por acuerdos entre empleadores y empleados. Claro que con base en las exitosas experiencias derivadas del empujón del Coronavirus en favor del trabajo en casa, la eliminación de desplazamientos, y el papel creciente de actores, entre ellos muchas mujeres, capaces de integrarse a la actividad económica sin abandonar su lugar de residencia Nueva Zelanda tiene tradición de innovación política y exitoso laboratorio de reforma social. Para la muestra la temprana participación femenina en política, y la ubicación del sistema pensional y la protección ambiental como prioridades nacionales. Para no hablar de medidas orientadas al fortalecimiento de la justicia social, sin golpear innecesariamente a las empresas ni a los contribuyentes medios, y elevando las cargas a la propiedad.

No es que se trate de imitar en todo a Jacinda, y menos aún en países diversos y llenos de complejidades, en los que la población de Nueva Zelanda cabría muchas veces. Pero se trataría de innovar; de ejercer en la materia un liderazgo amable y constructivo, al que hay que invitar a la oposición y a todos los sectores sociales relevantes, como práctica democrática que tiene que dar resultados, siempre y cuando se pueda entender que las responsabilidades de cada quién deben ser complementarias. Con la buena voluntad y la flexibilidad de todos, sería posible adoptar medidas que permitan pasar por esta angostura, de manera que se garanticen condiciones de supervivencia para todos, que es la única ffórmula para que la reactivación del futuro tenga lugar sobre unas bases que no se encuentren en ruinas. Y mucho menos en la ruina de empresarios y trabajadores.



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