Los protagonistas de la ruptura que hace 250 años abrieron paso a una nueva configuración del mundo occidental, no pasan por su mejor momento. Por un lado, después del Brexit, la rotación de primeros ministros muestra debilidades propias de democracias volátiles y da una impresión que nada tiene que ver con la solidez y la estabilidad del Imperio Británico. Por el otro los Estados Unidos, a pesar de los interminables fuegos de artificio echados al aire para celebrar dos siglos y medio de independencia, marchan entre la nube de un gobierno que vocifera éxitos personales de un presidente atípico. Todo mientras la “amistad especial” entre Londres y Washington muestra signos de creciente deterioro.
La declaración de independencia de los Estados Unidos de Norteamérica fue avance definitivo hacia un modelo de gobierno de estirpe democrática que ejercería influencia más allá de su geografía. Entrelazados por elementos ideológicos y culturales, los conceptos de democracia y capitalismo se volvieron allí complementarios y expansivos. Y los habitantes de ese país de inmigrantes se llegaron a convencer de ser miembros de la nación más poderosa de la historia, aunque en su seno anidaran el racismo y todo tipo de discriminaciones y maniobras dedicadas a que la economía prevaleciera en el trámite de las relaciones sociales.
Pasado el tiempo, después de los dolores de la guerra de independencia, el reencuentro de la antigua potencia colonial europea y la nueva superpotencia americana produjo resultados tan importantes como el refuerzo mutuo de las economías de ambas partes y un apoyo militar definitivo en la derrota del nazismo y la liberación de Europa.
Desde entonces, no hubo prácticamente episodio de la vida internacional que no fuese asumido de manera solidaria por Londres y Washington. Solidaridad que pasó por momentos angostos con motivo de la Guerra de Vietnam, que los británicos apoyaron en el campo de la diplomacia, pero no quisieron hacerlo en el campo de batalla ante la impopularidad arrolladora de semejante aventura. Aunque los británicos resultaron más tarde apoyando despropósitos como el de la Guerra de Irak sobre la base falaz de la existencia de armas de destrucción masiva que décadas después de la catástrofe aún no han aparecido.
Después de la participación estadounidense en la reconstrucción europea, el modelo de defensa conjunta de la Otan parecía vitalicio hasta que apareció, del lado americano, un presidente que comenzó por hacer exigencias lógicas desde el punto de vista financiero y a la vez sorprendentes bajo una mirada estrictamente estratégica. Actitud acompañada de exigencias de sumisión propias de un modelo de padrinazgo no solicitado y por demás molesto para naciones europeas que tuvieron que aprender, por las vías más difíciles, el valor de su libertad.
El único estadista europeo con estatura suficiente para mirar varias décadas adelante fue el general De Gaulle, que propició la autonomía militar francesa respecto de los Estados Unidos, con la consideración de que en algún momento podría aparecer un presidente americano que no quisiera asumir los pesados compromisos de la defensa de Europa. Algo que los británicos no previeron en su momento y que ahora, con Donald Trump, se les vino encima y les tomó por sorpresa justo cuando su relación con el resto de Europa se había adelgazado como nunca en tiempos modernos. Y cuando los frecuentes cambios de ocupante en 10 Downing Street introducen grandes dosis de incertidumbre sobre el futuro.
En pocos días la Gran Bretaña tendrá el sexto primer ministro en la década que se cumple desde la votación por el Brexit. Algo extraño a la tradición británica, no acostumbrada al espectáculo de gobiernos que vienen y van, y encima de todo a tener gobernantes que no llegan al cargo por elección popular sino en virtud de votaciones internas de los parlamentarios de uno u otro partido.
Theresa May llegó al poder tras la caída de David Cameron como consecuencia de su derrota en la apuesta del Brexit. No fue elegida por el voto popular, pues el período del partido conservador no había expirado, sino por votación de los parlamentarios de su partido. Y cuando ella renunció en medio de las dificultades del Brexit, Boris Johnson llegó al poder también escogido por los parlamentarios conservadores, aunque más tarde ganó ampliamente unas elecciones, para caer un tiempo después en medio de sus escándalos y ser reemplazado por Elizabeth Truss, escogida sin votación popular, quien renunció muy pronto para dar paso a Rishi Sunak, igualmente elegido por los miembros de su partido en el parlamento.
El turno de la renuncia fue ahora para Sir Keir Starmer, jefe laborista desde 2020 y primer ministro desde 2024, cuando obtuvo una victoria que le dio confortable mayoría en el parlamento. Solo que la gente se aburrió con la aparente frialdad de Sir Keir, algo explicable en esta época de exposición permanente a las crueldades de una opinión pública que ya no requiere de los medios de comunicación tradicionales para enterarse de las cosas y que encuentra en las “redes sociales” no solo elementos informativos de primera mano, sino un medio para expresar sus preocupaciones y sus quejas.