Colombia Tierra querida.

Columnas de Opinión
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Y damos por hecho lo que tenemos y damos por hecho que todo seguirá igual; e ingenuamente pensamos que todo no puede ser peor.  Que memoria tan corta la del ser humano. Que fácil normalizar lo irregular.

Hay momentos en la historia de los pueblos en los que no decidir también es una forma de decidir. Ojo la abstención y el voto en blanco no son una opción. Esta no es una elección más, es una coyuntura que obliga a pensar qué clase de país queremos ser cuando el ruido pase y solo queden las consecuencias.

Al comentar el enfoque de mi artículo de esta semana, alguien me recordó a Dietrich Bonhoeffer, el pastor luterano alemán que se opuso al nazismo, participó en la resistencia y terminó ejecutado en 1945 por su vínculo con el complot contra Hitler. Su vida y su pensamiento siguen siendo incómodos porque recuerdan algo que preferimos olvidar: que no basta con indignarse en privado ni con tener buenas intenciones; llega un momento en que la responsabilidad moral exige actuar. Bonhoeffer no defendía una fe cómoda, sino una ética encarnada, una fe que se mete en la historia y asume costos. Crítico la pasividad de quienes veían el mal crecer y seguían comportándose como si nada ocurriera.  Que identificado siento a nuestro país, en estos momentos, donde la corrupción e inmoralidad se ha normalizado. Donde los delitos ya ni siquiera son estadísticas, donde todo es tan fácil como quitar una “i”.

Y aquí conviene hacer una precisión importante: no se trata de convertir a ningún candidato colombiano en una especie de Bonhoeffer tropical. Sería superficial y hasta irrespetuoso con la historia. Pero sí vale la pena usar ese marco para hacer la pregunta correcta: ¿quién de los aspirantes a la Presidencia parece entender que este no es un momento para la administración rutinaria, sino para asumir con claridad el deber de actuar sin miedo, ni consideración? Sin espera: ¿y yo como voy ahí?

Paloma Valencia, representa una derecha doctrinaria, firme, con identidad ideológica clara y una hoja de ruta centrada en seguridad, economía y transformación institucional, sin ocultar su vínculo con el uribismo. 

La candidatura de Iván Cepeda es el continuismo progresista, con capacidad de acuerdos y un tono más sereno que el del actual, pero más contundente, ahí no habrá escándalos distractores, ahí todo será de frente.

Sergio Fajardo funda su proyecto en la educación, transparencia y lucha anticorrupción, con una apuesta por la moderación institucional. Teniendo a su favor que es el único que ha hecho carrera en el ejecutivo, alcalde y gobernador exitoso.

Y Abelardo de la Espriella, quien ha construido su perfil alrededor de una idea muy distinta: autoridad, control territorial, recuperación rápida del orden y disposición a intervenir donde el Estado hoy parece ausente. Ha presentado propuestas concretas en seguridad y se proyecta como un candidato de acción directa.

Si uno mira a Bonhoeffer desde la incomodidad de su pregunta moral —qué hacemos cuando callar ya no es aceptable—, hay un rasgo que sobresale: la urgencia de actuar con costo, con claridad y con responsabilidad. Y es ahí donde, en mi lectura, debemos elegir al candidato que más se acerca a ese tipo de disposición; a quien represente con mayor nitidez una idea de intervención, decisión y ruptura con la pasividad que tanto daño le ha hecho a Colombia.

Bonhoeffer entendió que la neutralidad, en ciertos momentos, no era prudencia sino renuncia. Tal vez esa sea hoy también nuestra oportunidad.

 

Ajá Leo, ¿y hoy qué?

Hoy, no votar dormidos. Hoy, no resignarnos. Hoy, entender que la oportunidad de Colombia no está en el candidato perfecto, sino en la decisión valiente de no seguir tratando como normal lo que hace rato dejó de serlo.
Columna de Opinión e-mail: leonorconsuelogomez@gmail.com

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