La palabra “ajedrez” llegó al español a través del árabe. En la India, el juego se llamaba chaturanga; en la antigua Persia pasó a denominarse shatranj. Cuando los árabes lo adoptaron, transformaron ese nombre en ash-shatranj, y finalmente, en el español medieval, evolucionó a “ajedrez”.
Hoy, el milenario pueblo persa ha sobrevivido, una vez más, a los avatares de una historia que en repetidas ocasiones ha intentado borrarlo. A lo largo del tiempo, imperios griegos, árabes, turcos, mongoles, así como presiones europeas, han buscado someterlo o desaparecerlo. El episodio más reciente lo vimos casi en tiempo real: el intento de un “imperio” contemporáneo —Estados Unidos— de imponer su voluntad mediante amenazas que incluían la destrucción total de la civilización iraní en una sola noche, si no se atendían ciertas exigencias que bien podrían interpretarse como un capricho de su liderazgo.
El temor a una guerra de escala mundial atravesó la mente de muchos. La economía global, una vez más, parecía pender de un hilo: el estrecho de Ormuz, ese cuello de botella por el que transitan enormes volúmenes de hidrocarburos que sostienen la vida en Occidente. En medio de esta tensión, marcada por una lógica geopolítica de corte imperial, el pueblo de Irán —que a lo largo de la historia ha sido conocido como medo, persa, entre otros nombres— optó por la paciencia estratégica.
Como en una partida de ajedrez, no movió precipitadamente sus torres ni sus caballos. Apostó por la política y la diplomacia: sus “alfiles” se desplazaron con precisión, evitando el choque directo. Así, la guerra no llegó, y el fantasma de la desaparición de una civilización milenaria, al menos por ahora, se mantiene a distancia.
No se trata de establecer ganadores y perdedores. La guerra y las lógicas imperialistas siempre dejan a la humanidad en pérdida. Sin embargo, el pueblo iraní dio al mundo una lección de dignidad y de geopolítica: una demostración de que la fuerza no reside únicamente en las armas, sino también en la resistencia, la inteligencia estratégica y la memoria histórica.
Detrás de aquello que desde Occidente suele percibirse como oscuro o desconocido, hay una cultura profundamente arraigada, con una historia que se remonta a los orígenes de la civilización y que ha logrado construir condiciones de vida significativas para su población dentro de su contexto regional. Temer lo desconocido y pretender destruirlo no es más que una expresión persistente de una mirada colonial que se resiste a desaparecer.
En el tablero de la geopolítica contemporánea, no siempre gana quien más fuerza exhibe, sino quien mejor comprende el tiempo, el movimiento y las consecuencias de cada jugada. Irán, con su historia a cuestas, nos recuerda que la paciencia puede ser una forma de poder y que la diplomacia, bien jugada, puede evitar tragedias irreversibles. Quizá la lección más importante no esté en quién domina el tablero, sino en quién logra evitar que este se convierta en un campo de ruinas