El mundo no comenzó el 2026: irrumpió. Apenas el 3 de enero ya ofrecía un titular que parecía sacado de la ficción: la captura del presidente de Venezuela por un “líder” que gobierna bajo una premisa inquietante —“porque quiero, puedo y no me da miedo”—. No es solo el hecho en sí; es el síntoma. Algo se ha roto en la arquitectura del orden internacional.
Pero, paradójicamente, la vida sigue. En menos de tres meses, el planeta detendrá su mirada en el Mundial, y este fin de semana Colombia vuelve a vestirse de amarillo. Las calles, los televisores, las conversaciones cotidianas: todo se llena de entusiasmo. El espectáculo avanza con la misma fuerza con la que el mundo se desordena. Quizás ahí radica una de nuestras mayores contradicciones: convivimos con la tragedia global mientras celebramos, casi sin pausa, los rituales que nos permiten sobrellevarla.
Entretanto, el poder mundial continúa concentrándose en una sola dirección. El país del norte actúa con la tranquilidad de quien no encuentra contrapeso real: define reglas, impone condiciones, sacude economías. Sus decisiones, aunque lejanas en geografía, terminan filtrándose en lo cotidiano: en el precio de los alimentos, en el costo de la vida, en la incertidumbre que se instala sin pedir permiso.
Y en medio de todo eso —entre correos por enviar, reuniones por atender, compromisos familiares y trayectos interminables— el tiempo se nos escurre. Se vuelve rutina no detenerse. Se vuelve costumbre no mirar. Dejamos enfriar el café de la mañana mientras corremos detrás de un día que nunca alcanza.
Tal vez el problema no sea solo el vértigo del mundo, sino nuestra incapacidad de hacerle pausa.
Por eso, esta primera columna del año no pretende explicar el caos ni resolverlo. Propone algo más sencillo, pero no por ello menos urgente: detenerse. Respirar. Volver a lo esencial. Porque mientras Colombia se encamina hacia unas elecciones presidenciales con un tarjetón que parece más el cartel de un concierto de múltiples artistas que un conjunto de proyectos de nación serios. Por momentos, parece más un espectáculo que un proyecto de país, conviene recordar que la vida también se juega en lo cotidiano, en lo íntimo, en lo aparentemente pequeño.
Ponerle azúcar al café puede ser un gesto mínimo, pero encierra una decisión: la de darle un poco de dulzura a lo que, por momentos, resulta difícil de digerir. Tal vez de eso se trata este año: de encontrar equilibrio entre la preocupación y la pausa, entre la incertidumbre y el cuidado de lo que sí podemos sostener.
Al final, no todo depende de los grandes movimientos del mundo. A veces, basta con reconocer —y valorar— a quienes son la “azucarita” de nuestros días: esas presencias que, silenciosamente, hacen más llevadera la vida.
Y entonces sí, con el mundo girando a toda velocidad, uno puede, al menos por un instante, detenerse… y tomarse el café. Siempre será valioso ponerle tres de café y dos de azúcar a la vida: ese dulce que le aporta emoción a la existencia y que nos recuerda valorar a esas personas que son la “azucarita” de nuestros días.
Columna: opinión
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