Sí. Voy a votar por el partido que durante años dije que nunca votaría: el Centro Democrático.
No lo digo con rabia, no lo digo desde la emoción, lo digo con serenidad y luego de mucha reflexión. Durante muchos años defendí los acuerdos de paz y las libertades. Creí profundamente que cerrar el ciclo de violencia era indispensable. Aposté por el diálogo, por la reconciliación y por la inclusión como pilares de un país mejor.
Pero el tiempo me dejó una lección clara: no se puede defender la paz sin democracia sólida, no se puede hablar de libertad si se debilitan las instituciones, y no se puede hablar de justicia social si se castiga la empresa, el empleo y la iniciativa privada.
La paz no es solo ausencia de conflicto… es estabilidad, es confianza, es seguridad jurídica, es reglas claras para quienes invierten, producen y generan trabajo.
En esa reflexión ha sido determinante el trabajo del senador Carlos Meisel, especialmente en asuntos que afectan directamente al Caribe y al sector productivo.Su posición frente a los cobros de valorización ha sido firme: las obras públicas deben ejecutarse con responsabilidad fiscal, sin trasladar cargas desproporcionadas a ciudadanos y empresarios que ya sostienen la economía.
En el proyecto del Canal del Dique ha insistido en la necesidad de transparencia, rigor técnico y control real para evitar que una iniciativa estratégica para la región termine envuelta en improvisaciones o sobrecostos.
Frente a las tarifas de energía —una de las mayores preocupaciones del Caribe— ha respaldado la revisión estructural del modelo tarifario y soluciones que alivien a hogares y empresas sin poner en riesgo la sostenibilidad del sistema.
En materia tributaria ha sido consistente: menos impuestos para los empresarios significa más inversión, más empleo y más estabilidad. No se trata de privilegios, sino de comprender que cuando se asfixia al que produce, se debilita toda la economía.
Y algo que considero esencial: la defensa de un Estado menos corrupto y más austero. No es coherente pedir sacrificios a los ciudadanos mientras el gasto público crece sin eficiencia ni control. La austeridad bien entendida es respeto por los recursos públicos.
No es retórica. Es una línea coherente: fortalecer la empresa, proteger la institucionalidad y exigir eficiencia en el gasto público. Y en esa misma línea, el Centro Democrático y su bancada en el Senado han mantenido una postura consistente defendiendo principios claros aun cuando eso implique asumir costos políticos. Esa coherencia, en tiempos de volatilidad y acomodos estratégicos, no es menor: es una señal de carácter.
También encuentro en Paloma Valencia, hoy candidata presidencial, algo que valoro profundamente: coherencia en el tiempo. Hace algunos años, cuando coincidimos en mesas de diálogo alrededor de la paz, siempre fue clara en afirmar que no era enemiga de la paz. Repetía que pensar distinto no nos convierte en enemigos, que la democracia consiste precisamente en poder disentir sin destruirnos. Esa postura sensata, firme pero respetuosa, me dio confianza. No se trataba de negar la paz, sino de cuestionar los mecanismos; no era polarización, era debate democrático.
Sigo creyendo en los derechos, sigo creyendo en la inclusión, sigo creyendo en las luchas históricas del Caribe contra el abandono y el centralismo. Pero estoy convencida de que esas luchas no se ganan debilitando la empresa ni erosionando las instituciones.
El Caribe necesita competitividad, energía a precios razonables, infraestructura bien ejecutada, puertos eficientes, turismo sostenible, agro fortalecido y reglas claras. Necesita crecimiento real y liderazgo coherente.
Cambiar de voto no significa cambiar de valores. Significa reconocer que los principios deben sostenerse con herramientas que funcionen. Sí. Voy a votar por el partido que dije que nunca votaría, porque la paz necesita democracia fuerte, porque la libertad necesita empresa dinámica, porque el Caribe merece estabilidad, coherencia y desarrollo.
Email: pereiraanamilena@gmail.com