Una forma de ser

Columnas de Opinión
Tamaño Letra
  • Smaller Small Medium Big Bigger
Muchos años después, el hijo del sargento habría de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer la alegría, el amor y la pasión. Era una tarde de sol en Santa Marta y el escenario era el hoy viejo Eduardo Santos. En la entrada, una estatua gigante en bronce del “Pibe” relucía bajo el sol, mientras cientos de personas entraban con pasión y cantos al estadio. Íbamos a occidental, donde había “sombra”. Yo era un niño de no más de diez años. En la cancha, el mágico Unión Magdalena, dirigido por el icónico profe Eduardo Retat, enfrentaba a un equipo de camisetas rojas de la capital. No recuerdo el marcador ni los detalles del partido, pero sí recuerdo lo que me hizo sentir muchos años después.


La vida me llevó, ya adulto, a la capital, y el primer regalo que recibí de un estudiante fue ir a ver al equipo de camisetas rojas. Recordé la alegría de vivir la experiencia del estadio, de entrar por la carrera 30 y sentir que todos caminábamos hacia el mismo horizonte; saltar al unísono con un ritmo único de cantos y goles que solo conocemos quienes sentimos la pasión de ir a ver al equipo.

Este año, el equipo de camisetas rojas logró la décima estrella y, en este diciembre, se cumplen diez años de haber sido campeones continentales. Siempre desde la fuerza, el esfuerzo y el trabajo. Logrando las metas al último minuto, empujados por las 45 mil almas del Campín. Nunca imaginé que aquel regalo de un estudiante me cambiaría la vida. Hoy, mis amigos también son seguidores del equipo de camisetas rojas, y cada visita al estadio es una fiesta.

Ir al estadio se convirtió en la cita inevitable para el encuentro en la tribuna en el  entretiempo, hablar de política, del país y del fútbol con los amigos; en el abrazo espontáneo con desconocidos por un grito eterno de gol. Ir al estadio también es recordar la sonrisa de Belén, quien, apenas pudo acompañarnos, se convirtió en la seguidora más fiel del León.

Por supuesto, hablo del equipo de camisetas rojas de la capital, al que me gusta llamar Santafecito. Seguirlo construye una forma de ser única en el mundo. He logrado identificar cierto patrón entre Santafecito y sus hinchas: seguir a Santa Fe es una forma de ser, de lucha y de esfuerzo; de nunca rendirse; de creer con Fe que siempre se puede lograr hasta el último minuto.

Hoy, ir al estadio es recordar la alegría de ir con mi papá al estadio en la bahía más hermosa de América; es reafirmar la fuerza y el poder de levantarse siempre; pero, sobre todo, es tejer amistad y convicción en el “nunca desfallecer”.

Gracias, Santa Fe, por la décima, y feliz década de ser campeones continentales.

 
Columna: opinión email: alejandrorangelsalamanca@gmail.com

Síganos en nuestras redes

Más Noticias de esta sección