La mañana inicia con una rodadita en cicla por las montañas de la Sabana. Siempre es importante conectar con la naturaleza para empezar el día; y qué mejor forma de hacerlo que en cicla. Luego, un café. En el correo esperan las tareas de la jornada.
Ir al taller, a la oficina, al consultorio, al sitio de trabajo, es cumplir la cita con la vocación y, si se quiere, con el llamado de hacer de su arte un aporte a la humanidad. Ubicar el mejor trazo, esculpir el músculo y proyectar el mejor rostro posible hacen parte de la agenda.
Este artista, con su obra diaria, también aporta a la humanidad. En especial el protagonista de esta historia, que trabaja en un taller que la industria médica ha llamado quirófano. No usa pinceles, pero sí bisturís, placas de platino, sueros, pinzas y tijeras. Los cirujanos plásticos son verdaderos artistas: su trabajo es, en últimas, una obra dedicada a la humanidad. Más allá de las vanidades, los cirujanos salvan vidas y aportan calidad de vida a cientos de pacientes. Reconstruyen un párpado, acomodan un hueso, alivian una quemadura y realizan un largo etcétera que, con cada acción, suma y agrega valor a la vida de quienes pasan por sus manos.
Un cirujano plástico es, al final, un artista: solo que, en vez de lienzos, trabaja con cuerpos. Ambos buscan revelar la belleza que ya existe. El artista compone armonía en el lienzo y el cirujano plástico la compone en el rostro: líneas, proporciones y luces que, tocadas con precisión, tienen el poder de transformar la mirada del mundo.
Y es que detrás de cada intervención hay una historia que suele pasar inadvertida para quienes no habitan ese mundo. Ahí, en el silencio del quirófano, se cruzan la ciencia y la esperanza: una mujer que busca volver a reconocerse en el espejo después de un accidente, un hombre que recupera la movilidad de un párpado que ya no obedecía, una niña cuya cicatriz dejará de ser su primera presentación ante el mundo. El cirujano plástico se convierte entonces en guardián de pequeños milagros cotidianos. Su oficio no es solo transformar, sino acompañar; no es solo corregir, sino escuchar; no es solo operar, sino devolver historias que estaban en pausa. En cada procedimiento, por pequeño que parezca, se juega un acto profundo de humanidad.
Este texto es un homenaje a las doctoras y los doctores que, en los servicios de urgencias, en consulta externa y en todos los espacios donde ejercen, salvan vidas y, con su pincelada, ayudan a mejorar la calidad de vida de tantos.
Gracias.
Columna: opinión
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