Las infancias de Colombia

Columnas de Opinión
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Esta semana cierra con luto por la muerte de menores de edad (aún no se sabe si fueron 7 o 14) en el marco de la guerra que ha acompañado a este país. Murieron por armas pagadas con los impuestos de todos y todas. Esta es la derrota de cualquier Estado.


Esta realidad no es nueva. Recordemos el escándalo del anterior gobierno que llevó a la renuncia del ministro de Defensa, Guillermo Botero: los bombardeos de aquel momento, como los de este presente absoluto, dejaron como víctimas a niños. Y, con seguridad, ha pasado antes en nuestro país.

 Ahora bien, no solo en la guerra los niños son víctimas. Este año dos bebecitas menores de cinco años han padecido presuntas violaciones sexuales dentro de jardines infantiles del ICBF (investigaciones que avanzan al paso de tortuga). También vale recordar el llamado “cartel de la infancia”, un escándalo que no duró mucho en la agenda pública y en el que, presuntamente, los fallos de algunas comisarías de familia en Bogotá eran influenciados por dádivas económicas.

Este gobierno reconoció de manera inmediata el “error”. El presidente pidió perdón a las familias de los menores, y aunque este hecho no devolverá la vida a los niños, es loable una actitud distinta. Pero, en todo caso, el Estado colombiano y todos como nación perdemos dos veces con la muerte de niños en el marco de la guerra. La primera derrota ocurre cuando permitimos que menores sean reclutados: esos jóvenes llegaron allá por la ausencia del Estado en políticas de educación, cultura, salud y un largo etcétera que los grupos criminales aprovechan. La segunda derrota llega cuando se lanza una bomba y llega la muerte.

Surgen varias preguntas: ¿el presidente, al dar la orden, sabía? ¿Qué pasa con la inteligencia del Estado? ¿Cómo se llega a la decisión de lanzar una bomba sobre el propio territorio?

 Las infancias han sido, por décadas, la carne más vulnerable de la historia colombiana. Hoy, a un mes de Navidad —época en la que los niños deberían ser símbolo de ilusión—, la realidad nos obliga a algo más que pedirle milagros al Niño Dios: nos exige responsabilidad adulta, política y moral. Que este país, de una vez por todas, decida que ninguna guerra, ninguna institución y ningún gobernante puede cruzar la línea de permitir que un niño muera. Ese sería el verdadero comienzo de la paz.
Columna: opinión email: alejandrorangelsalamanca@gmail.com

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