La semana empezó con un peso extraño sobre los hombros. La ciudad despierta con el ruido espeso de los titulares, las reuniones se multiplican sin pedir permiso y en los colegios el fin de año escolar va dejando una sensación de cansancio que se mete entre las conversaciones. Quizá por eso, antes de salir el lunes, abrí el armario casi por inercia elegí mi saco amarillo. No sé si lo escogí o él me escogió a mí. Solo sé que ese color, tan imprudente frente al gris de las noticias, tenía algo que decirme.
A veces, los objetos cotidianos dejan de ser cosas inertes para convertirse en experiencias encarnadas. Son presencias que nos revelan algo del mundo y de nosotros mismos. Ese saco amarillo siempre me recuerda que la vida, incluso en sus semanas más densas, tiene pequeños destellos que se resisten a ser opacados. No es una prenda: es una manera de habitar el día.
Usualmente mientras avanzaba por la calle, pensaba en lo que esta semana ha dejado sobre la mesa pública: discusiones sobre educación, el recuerdo de la brutal toma y retoma del palacio de justicia, la tragedia de Armero, la lamentable muerte del estudiante de la universidad de los Andes, tensiones en la política, las incertidumbres del país que se repiten en un eterno retorno.
Reír ante la realidad del mundo parece complejo. Varias personas me sonrieron al verme, una estudiante me dijo: “Profe, ese saco se ve optimista, como si ya fuera diciembre”. Tal vez tenía razón. El amarillo no solo se ve, también se siente; hace vibrar el ánimo y suaviza la dureza de lo que escuchamos a diario. Esa interacción mínima me recordó que la vida no se mueve solo en planes, políticas y resultados: se mueve, sobre todo, en la forma en que nos relacionamos unos a otros.
Ahí el saco amarillo se vuelve símbolo. En Filosofía los símbolos no son abstracciones: son entidades de sentido. Representan y a la vez transforman la experiencia. Esa mañana, cuando inicié las labores vi todas las tareas por hacer, pendientes en la agenda y plazos, por cumplir. Una colega me comentó: “Ese color anima”. No era el saco; era la posibilidad de que en un entorno saturado, un detalle recordara el espacio para la alegría, la pausa, el cuidado, la humanidad.
Y pienso que eso es lo que necesitamos esta semana: un espacio pequeño donde dar un respiro. Frente a la presión que atraviesa la realidad de país, frente al agotamiento de un año que está por terminar, frente a las narrativas públicas que insisten en el déficit, necesitamos recordar que la experiencia humana no es solo rendimiento y trámites. Es cuerpo, es emoción, es vínculo.
Escribo esta columna mientras el saco está doblado sobre la silla. Lo miro y entiendo por qué lo escogí. El amarillo no es ingenuo: es un acto de resistencia emocional ante el desgaste. Es una forma de decir que, incluso en semanas cargadas, seguimos apostándole a comprender, a escuchar, a cuidar. Que la vida va más allá de un sistema, en la vida la constante es el cambio, cómo no enseño Heráclito “nadie se baña dos veces en el mismo rio”
Quizá cada uno tiene su propio “saco amarillo”: en medio de tanto caos, el Saco es algo que nos sostiene sin necesidad de prometer grandes soluciones. Algo que devuelve la mirada al presente y nos permite atravesar las semanas intensas sin perdernos en ellas. A veces basta con eso para recordar que seguimos aquí, sosteniéndonos, cuidándonos, tratando de iluminar un poco el camino, el Amarillo es Alegría.
Columna: opinión
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