“Lo importante es ir superándose, aunque solo sea un poco, con respecto al día anterior. Porque si hay un contrincante al que debes vencer en una carrera de larga distancia, ése no es otro que el tú de ayer”.
— Haruki Murakami
Los humanos fuimos diseñados para correr. Nuestro diseño biomecánico está pensado para recorrer distancias, de manera tal que nos permita ir de un punto A a un punto B: para llevar una noticia, como lo hizo Filípides en tiempos de las guerras médicas, o como lo hizo algún ancestro en las sabanas africanas para salvar su vida de algún peligro; o los pueblos aborígenes, que corrían y caminaban —según algunos registros— desde la Sierra Nevada hasta el punto de encuentro en Machu Picchu. Siempre hemos caminado el mundo.
Para ir más rápido inventamos la rueda, el tren, la máquina de vapor, el avión, etc. Olvidamos el proceso, el disfrutar del camino y del paisaje; y en muchas ocasiones lo más importante no resulta siendo el desenlace, sino la trama. En este proceso vertiginoso de aceleración de nuestro tiempo —donde las ideas de ocupación nos consumen y a las 8 a. m. ya hemos corrido 10 km, pasado el día en la oficina y asistido a cenas glamurosas— hay muchas verdades que escapan a las burbujas del mundo de las redes sociales y las vidas ideales.
Desde hace unos años, la moda de correr se impuso. Ya no corremos para escapar de un león hambriento ni para llevar la noticia de una victoria esperada, como en tiempos de los griegos. Corremos por un banano, una medalla o una foto. El calendario de carreras en Colombia ha aumentado de manera acelerada en los últimos cuatro años; casi todos los fines de semana hay eventos de diversas distancias y hasta temáticos. He observado desde carreras de solteros y de mascotas hasta carreras de jubilados, asunto que celebro: siempre será importante cultivar hábitos en nuestra sociedad alrededor del deporte. Pero, como advirtió Oscar Wilde, “nada tan peligroso como ser demasiado moderno. Corre uno el riesgo de quedarse súbitamente anticuado”. Percibo en cada carrera en la que participo que cada vez más se “corre” por moda o por temor a no estar en tendencia.
Para mí, correr es una forma de ser feliz, y ello implica un encuentro con uno mismo: conocer el cuerpo y sus límites, sentirlo en cada metro, escucharlo. Si me permiten la expresión, disfrutar cada minuto recorrido. Correr es bellísimo porque es un deporte en el que el único competidor es uno mismo, nadie más. Y se trata, como dice Murakami, de ser mejor que ayer. Correr no solo nos recuerda a nuestros ancestros, sino que también nos permite trabajar en la disciplina de cada entrenamiento, en los límites del cuerpo y de la mente. Sobre todo, es una experiencia personal.
Una pequeña muestra del crecimiento de la moda del running la evidenciamos en las cifras de la industria en Colombia: el último año movió un volumen considerable de dinero, con eventos como la Media Maratón de Bogotá, que genera más de 50 000 millones de pesos por edición. Esto, en una sola carrera.
Más allá de las modas, no dejemos de correr. Que cada nuevo kilómetro sea una oportunidad para el encuentro con uno mismo y para poner entre paréntesis el mundo. Correr es un acto de placer, una manera de disfrutar el camino, como en el principio de los tiempos.
Columna: opinión
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