Mi trabajo es social

Columnas de Opinión
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América Latina es una gran nación. Nos unen la historia, la geografía, un pasado indígena y una familia lingüística común, además de un sinnúmero de coincidencias que nos hacen a todos paisanos de la gran patria américa. Pero también nos une una realidad histórica que, en ocasiones, parece una forma de destino manifiesto. En América Latina, la desigualdad y la inequidad siguen siendo desafíos estructurales pese a algunos avances recientes.


Según la Cepal, en el último año alrededor del 27,3% de la población —unos 172 millones de personas— vivía en situación de pobreza, y un 10,6 % en pobreza extrema. Además, el 25,4 % de la población enfrenta pobreza multidimensional, marcada por carencias en educación, salud, empleo y vivienda, con una brecha notoria entre zonas rurales (39,1 %) y urbanas (24,6 %). En el ámbito laboral, la tasa de informalidad alcanza el 47,6 %, mientras que las mujeres ganan en promedio un 20 % menos que los hombres. El coeficiente de Gini regional, cercano a 0,47, refleja una alta concentración del ingreso, situando a América Latina como una de las regiones más desiguales del mundo, donde la pobreza y la exclusión persisten especialmente entre mujeres, poblaciones rurales e indígenas.

Con este panorama de fondo quiero resaltar hoy el trabajo las y los  trabajadores sociales. Mayoritariamente, las trabajadoras sociales han tejido los lazos para acortar las brechas de pobreza e inequidad. En una escuela popular, en las laderas de las montañas, en la ruralidad, en los espacios deportivos barriales o desde la academia, las trabajadoras sociales operan como hormiguitas silenciosas junto a la gente, en el primer frente.

Hace cien años se fundó la primera escuela de trabajo social en Santiago de Chile. Hoy, en el marco del centenario, se celebra el XXIV Seminario Alaeits  en la misma ciudad donde todo inició. Este espacio permitió reflexionar sobre los logros alcanzados durante este siglo y proyectar los desafíos futuros del Trabajo Social para la región. Luego de Santiago vinieron las escuelas de trabajo social en Brasil, Uruguay, Colombia y toda América Latina. El seminario fue un punto de encuentro entre estudiantes y académicos de toda la región, como la brasileña Marilda Iamamoto, que se están pensando una nueva América Latina.

Hoy las trabajadoras sociales hacen parte de la vida de todos desde diversos frentes: en un juzgado, en el Icbf, en editoriales, colegios, el gobierno o la ruralidad. Ellas siembran, ladrillo a ladrillo, el tejido de una nueva sociedad como angelitos. Que este centenario sea la excusa para escuchar sus propuestas e intervenciones en medio de este mundo caótico, marcado por la rapidez y el consumo, que requiere con urgencia una mirada humana. Su trabajo es tan importante que, de manera invisible, sostiene este sueño llamado Latinoamérica.

El futuro del Trabajo Social debe orientarse hacia la transformación estructural y la justicia social, fortaleciendo su papel como puente entre las comunidades y las políticas públicas. Las trabajadoras sociales son protagonistas silenciosos de procesos de cambio que promueven la dignidad humana, la equidad de género, la inclusión y la sostenibilidad. En tiempos en que la desigualdad y la pobreza parecen naturalizarse, su labor cobra una relevancia ética y política enorme: acompañan a quienes han sido históricamente marginados, reconstruyen el tejido social roto por la violencia y la indiferencia, y nos recuerdan que la solidaridad y la ternura son el cimiento de una sociedad verdaderamente democrática. Reconocer su trabajo es también reconocer la esperanza que aún late en los barrios, en las veredas y en las aulas, donde se siembra una América Latina justa, humana y unida.

 

Adenda: Este homenaje, en los cien años del Trabajo Social, es para Angelito y para todas las trabajadoras sociales que día a día transforman el mundo.

 
Columna: opinión email: alejandrorangelsalamanca@gmail.com

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