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La nueva ola

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Fuad Chacón Tapias

Fuad Chacón Tapias

Columna: Opinión

e-mail: fuad.chacon@hotmail.com



En los últimos días está circulando con frenetismo por el ciberespacio un gráfico con el mapa del trabajo soñado de cada país según el volumen de búsquedas de éstos en Google, esto de acuerdo con un estudio empírico realizado por una empresa británica de giros de dinero. Aunque la verdadera noticia no es que mientras en Sudán, Chad o Mauritania todos quieren ser empresarios y en Níger, Costa de Marfil o la República Democrática del Congo la mayoría se decante por la abogacía, la posición número uno en Colombia la ocupe el oficio de influencer (un inquietante resultado que merece un análisis autónomo sobre nuestras aspiraciones como sociedad), sino la profesión que se ubica en el segundo lugar del ranking global: escritor.

Y es que tras el monopolio con esteroides que aglutina la profesión de piloto, gracias a las ambiciones de Estados Unidos, Canadá, Reino Unido y Australia, resulta poco menos que impactante que el humilde oficio de escritor, bastante austero por naturaleza y demasiado lejos del glamur de los uniformes con alas o la purpurina de las postizas fiestas de youtubers, sea la alternativa principal para un gran grueso del planeta, casi cuadriplicando en búsquedas a su más cercano competidor, los bailarines. En un mundo donde la avasalladora oferta de contenido audiovisual hace cada vez más difícil reunir el tiempo y la concentración necesarios para practicar el hábito vintage de la lectura, este estudio de papel maché nos devuelve la fe en la humanidad y nos ayuda a sentirnos un poco menos condenados a la extinción cultural.

Otro hallazgo tremendamente interesante es la constatación de que, curiosamente, los países donde se aglomeran en mayor proporción estos soñadores de las letras no se corresponden con aquellos que históricamente han sido bendecidos con el Nobel de Literatura ni tampoco con aquellos donde se localizan los titanes de la industria editorial. A excepción de Suecia y su silenciosamente rica tradición literaria, la nueva ola de narradores viene de la África profunda (Zambia, Namibia, Botsuana, Uganda), el sudeste asiático (Myanmar, Bangladesh, Bután, Camboya), antiguas repúblicas soviéticas (Estonia, Letonia, Lituania, Azerbaiyán) o la península arábiga (Irak, Yemen, Arabia Saudita, Omán). Lugares todos donde sobran las ganas de contar historias, pero faltan las oportunidades de llegar al gran público.

¿Serán los resultados de este estudio sin método científico aparente el primer síntoma de un inminente cambio (y por “inminente” hablo a 30 años vista) en el péndulo de la literatura contemporánea? Si los jóvenes franceses de hoy quieren ser abogados, los alemanes profesores, los italianos emprendedores y los españoles influencers, ¿querrá decir esto que es cuestión de tiempo para que en la siguiente generación el trono de la supremacía literaria quede vacante por sustracción de materia y sus nuevos herederos sean outsiders con historias frescas que no transcurren en la París de la posguerra o la Nueva York de la Gran Depresión, sino en destinos improbables como la Trípoli de Gadafi o la Ruanda de los hutu y los tutsi?

Mientras tanto, en Colombia sigamos preocupados por acaparar likes en Instagram, que así vamos bien.



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