El tercero excluido

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



Durante las últimas semanas, ha sido frecuente oír de representantes de ciertos grupos de presión, de líderes de opinión, de políticos, y de todo el que ha deseado sumarse a ello, la expresión “falso dilema” para dar a entender la indebida limitación a dos opciones extremas que, hasta hace poco, se consideraban las únicas salidas en el problema integral de la pandemia: cuarentena o normalidad. Quienes hablaban valiéndose de la lógica recurrían (y repetían a los que decían lo mismo de manera distinta en, por ejemplo, los Estados Unidos) al señalamiento de una de las muchas falacias en que habitualmente caen los argumentadores profesionales de las diversas disciplinas académicas, de modo que se advirtiera el error en que, según aquellos, estaba entrampado el estamento de lo público a través de la rigidez de las ideas de exclusión recíproca que ofrecen el encierro y la libertad.

Pasado un tiempo desde esa reciente época de oscurantismo forzoso, el panorama empieza a ser otro, aunque no uno de regreso a las rutinas, por supuesto, ni siquiera uno de optimismo moderado: las cifras globales y locales de contagio y muerte, sin dejar de lado las de quiebra, desempleo y hambre, no dan para más. No obstante, el mencionado falso dilema tiende a afrontarse ahora mediante la preparación de la obvia vía de actuación (el estudio del tercer escenario, al principio excluido casi generalizadamente, tal vez debido, claro, a su obviedad), es decir, el retorno sectorizado, paulatino y controlado sanitariamente (a partir del autocuidado esperado de un pueblo que no se cuida, porque no sabe cómo hacerlo, o simplemente no puede o no quiere) a las calles.

¿Acaso hay otra elección?, piensan algunos. La vuelta al trabajo, aún con la curva de infecciones al alza en Colombia, parece consolidarse en tanto que respuesta a la pregunta sobre el hallazgo del equilibrio entre salud y economía, dos caras de la misma moneda. Pero esa es, todavía, elaboración teórica incompleta. Una vez voceada la emergencia, en el Estado colombiano se ha actuado por reflejo de la vanguardia mundial, no solo científica, sino política. Dirán no pocos que eso es, precisamente, lo que corresponde, dado que carecemos de capacidad de lucha en soledad (la soledad del pensamiento, agrego yo, que es la difícil de practicar) ante esta situación por entero impredecible (especialmente, cuando el virus se exhibe tan anticipador como los que intentan atajarlo micrófono en mano, y la epidémica desigualdad social se resiste a las migajas, vuelvo a completar).

Sin embargo, encontrar la verdad, o subrayar la mentira (lo pretendido con la detección de falacias argumentativas en un discurso cualquiera), en nuestro caso podría requerir esfuerzo mejor que importar la “vacuna intelectual” foránea que apenas comienza a dar pequeñas muestras de funcionalidad, pues existen factores culturales que apartan a Colombia de la fundada confianza en la responsabilidad individual de las personas respecto de su vida. La realidad sigue siendo que aquí no se ha alcanzado el pico de contagios que los primeros países enfermos ya pasaron, y, aun así, seguramente la apuesta colombiana será esperarlo en medio de “la normalidad”. ¿Falta lo peor?


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