Aislamiento que produce solidaridad

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Escrito por:

José Vanegas Mejía

José Vanegas Mejía

Columna: Acotaciones de los Viernes

e-mail: jose.vanegasmejia@yahoo.es



En estos tiempos de cuarentena impuesta por temor a contraer el terrible coronavirus, he vuelto a leer un cuento genial de Julio Cortázar, escritor argentino que ocupa un sitial de preferencia entre mis gustos literarios. Al escoger “La autopista del sur” he querido destacar un aspecto que resalta en esta obra y tiene que ver con la solidaridad que se desborda en el relato. En la vida real, la pandemia que nos agobia al final nos hará mejores seres humanos.

El coronavirus ha logrado poner a flote sentimientos que invernaban en nosotros, sepultados por la vida más o menos tranquila que llevábamos hasta la aparición de esta calamidad universal. Lástima que tuviera que ocurrir una catástrofe de tanta magnitud para que supiésemos que somos vulnerables. Pero como no todo ha de ser negativo, la humanidad ha comprendido que solo con espíritu solidario podemos salir de este remolino trágico que ha sacado de su eje el orden que imperaba en el globo terráqueo.

En vez de relacionar esta situación de pánico colectivo con los hechos narrados por el escritor francés Albert Camus en su novela “La peste”, 1947, prefiero destacar en estas líneas, aunque en forma somera, el aislamiento temporal de un grupo de viajantes que sufre un embotellamiento o trancón cuando tratan de llegar a sus hogares en París. “La autopista del sur” es un relato corto de Cortázar. Con maestría narrativa el autor describe las relaciones que desarrollan personas desconocidas entre sí, víctimas de un problema que los afecta por igual. Ellos, recursivos ante la adversidad, se ingenian para superar de mutuo acuerdo una sorpresiva desgracia. Sin conocer aún la causa del embotellamiento, los viajantes crean una comunidad en miniatura en la que predomina la solidaridad. Las acciones comienzan un domingo por la tarde en la carretera Fontainebleu-París. Debido a que los vehículos no pueden avanzar, los viajantes poco a poco se van conociendo, aunque permanecen inquietos y pendientes del momento en que puedan desplazarse siquiera algunos metros; muy pronto la parálisis es total. Entonces no tienen más remedio que dormir en sus vehículos y al lado de la autopista. Los días son insoportables por el calor de agosto. Las necesidades abundan, los ánimos se exacerban por momentos pero se calman al final.

La solidaridad de los viajantes permitió que los automovilistas menos fuertes fueran auxiliados; algunos enfermaron, un anciano murió y un hombre se suicidó. Otros salían a estirar las piernas y se aventuraban a averiguar las causas del embotellamiento; regresaban con noticias falsas y rumores inquietantes que causaban alarma: “Un choque entre dos autos, con tres muertos y un niño herido. La colisión de un Fiat 1500 con un Austin lleno de turistas. El accidente de un pequeño avión pilotado por la hija de un general; habría chocado contra la autopista con saldo de varios muertos”.

Aparte del aspecto de la solidaridad hay que destacar en el cuento de Cortázar la ausencia de nombres de personas. En todo el texto actúan como “el ingeniero del vehículo Peugeot 404”, “dos monjas de un 2HP”, “la muchacha del Dauphine”, “el señor pálido que conducía un Caravelle”, “un matrimonio con su hijita en un Peugeot 203”, “un matrimonio campesino en una Ariane”, “dos jovencitos molestosos en un Simca”, “dos hombres con un niño rubio en un Taunus”…
Después de muchos días de aislamiento, los viajantes regresan a sus hogares para continuar sus actividades cotidianas. El ingeniero del Peugeot 404 y la muchacha del Dauphine toman rumbos diferentes: él no conocerá jamás el resultado de sus encuentros furtivos en esas noches desamparadas del embotellamiento. Es un cuento surrealista, con la magia de Cortázar.


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