La puerta giratoria de las dinastías políticas

Editorial
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En algunos países de Oriente, más que en otras partes, la política se considera un oficio de familia. Es algo ancestral que parece circular en el inconsciente colectivo. A nadie se le hace raro que, además de las monarquías todavía vigentes, así como hay familias de agricultores, de albañiles o de comerciantes, también haya familias de políticos. Se trata, dicen, de hacer aquello que se ha visto hacer desde la niñez, cuando las cosas quedan grabadas para siempre. Es frecuente que los maestros supremos sean los abuelos, que enseñan con su sabiduría desde la altura de la experiencia. 

 La expresidente de Sri Lanka, Chandrika Bandaranaike Kumaratunga, celebraba que sus hijos, como cosa rara, quisieran escapar de ese destino, pues así serían más felices y cada uno establecería una nueva tradición. Mejor para todos, decía, pues su padre, Salomon West Ridgeway Días Bandaranaike y su esposo Vijaya Kumaratunga murieron asesinados por motivos políticos. Pero ya en 2022 surgieron presiones para que su hijo Vimukhti Kumaratunga entrara en política. Fue un reclamo, seguido de ofertas de apoyo que Vimukhti rechazó, por ahora, para seguir con su oficio de veterinario. Su hermana Yasodhara desea, también por ahora, seguir como actriz. Lo malo es que, si los Bandaranaike – Kumaratunga no siguen, ahí están los Rajapaksas, por ahora expulsados, pero listos a regresar. 

Otras sagas asiáticas están en cambio ahora en pleno movimiento en torno del poder, en condiciones, con trayectoria y perspectivas muy diferentes: la de los Marcos, en Filipinas, la de los Pahlavi en Irán, y la de los Nehru - Gandhi en la India. La de los Bhutto – Zardari en Pakistán ya encontrará otra vez su camino hacia la cumbre. En los casos filipino, iraní e indio, cobran vigor modelos de dinastías con pretensiones nuevas pero respectivamente provenientes de una dictadura pura y dura, la de Ferdinando Marcos, de la fórmula monárquica represiva del Sha Reza Pahlavi, y de una difícil pero indudable tradición democrática, que sigue la línea de Jawaharlal Nehru y su hija Indira Gandhi. Ni qué hablar del caso de los Kim en Corea del Norte, elevados por sus áulicos a categoría divina.

La familia Marcos, en Filipinas, puso otra vez a uno de los suyos en la jefatura del estado, esta vez por la vía democrática. Después de más de treinta años desde que su padre fue echado del poder, Ferdinando “Bongbong” Marcos obtuvo una resonante victoria electoral, acompañado en la fórmula, en calidad de vicepresidente, por la hija del presidente saliente, y fundador presumible de otra dinastía, Rodrigo Duterte. Las credenciales de Bongbong están llenas de salpicaduras. A pesar de que para llegar al poder ascendió diferentes escalones de elección popular, el entramado de sus problemas judiciales es bastante complejo y se sale de los límites de su propio país, al punto que pudo ir a los Estados Unidos y reunirse con Joe Biden, sin que se cumpliera una orden de detención en su contra, por cuentas derivadas de la dictadura de su padre, gracias a que el protocolo le facilitó inmunidad diplomática. 

El hijo del Sha Reza Pahlavi, que ha vivido la mayor parte de su vida en el exilio, resultó ahora siendo protagonista y beneficiario de una campaña en línea que busca convertirlo en portavoz del movimiento de protesta, desde el exterior, contra la brutalidad de la represión hacia las mujeres en Irán, apenas comparable, y bajo modelo similar al de la represión generalizada que caracterizó en su momento al gobierno de su padre y alimentó los argumentos de la revolución islámica que terminó en la república teocrática de hoy. La idea de su representación, que ha recibido el apoyo de casi medio millón de personas, entre ellas la abogada iraní Premio Nobel de la Paz Shirin Ebadi, ha despertado otra vez sentimientos adormecidos en favor y en contra del personaje, y de la dinastía que representa. 

Rahul Gandhi, hijo, nieto y biznieto de primeros ministros de la India, imita ahora a su legendario bisabuelo Jawaharlal Nehru en recorridos que incluyen largas caminatas por lo más profundo del país, rodeado de un esquema de seguridad cuyo objetivo es impedir que corra la suerte de su padre, Rajiv, y de su abuela, Indira, ambos asesinados en pleno ejercicio de sus funciones.  La tarea de Rahul es la de recuperar el poder para el histórico Partido del Congreso, que debe enfrentar a los conservadores del primer ministro Narendra Modi, del partido nacionalista Bharatiya Janata, que ya derrotó a Gandhi en las elecciones de 2014 y sacó a su partido del poder. A pesar del esfuerzo de Rahul, una cierta y explicable sensación de fatiga parece afectar al electorado, en un país que vive todavía bajo el hechizo de un primer ministro cuya popularidad será difícil de combatir. 

Lo que resulta importante, ante el fenómeno, como lo exigen al menos en el caso de la India, es que la oferta política sea propia y no implique una vuelta tosca al pasado sino un paso hacia adelante. Sin perjuicio de que, inevitablemente, la exigencia sea cada vez más alta, porque así es como los pueblos consiguen superar las desviaciones de su trayectoria.

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