El éxito en la acción de gobierno depende de los resultados de un flujo permanente de ideas, iniciativas, cumplimiento de programas, diseño de nuevos proyectos, acierto en la solución de problemas cotidianos, y rendición permanente de cuentas. Gobernar no puede consistir simplemente una serie de actos aislados, concebidos y desarrollados en la privacidad de los palacios, sino que se debe desarrollar en medio de una controversia deseable y permanente con la oposición, y ante los ojos de la ciudadanía y con disposición a escucharla.
La vigencia del ejercicio de un gobernante no depende sólo del tiempo de su mandato, según las reglas de cada sistema, sino de la capacidad efectiva que tenga para llevar a cabo la tarea a la que se haya comprometido, dentro del periodo respectivo. Cuando esa capacidad se agota, resulta obligatorio, política y éticamente, retirarse, en un acto supremo de responsabilidad. Tan malo es quedarse en el poder, sin los argumentos necesarios para bien gobernar, como tratar de perpetuarse cuando se haya vencido el período. En ambos casos se vuelve urgente que alguien más tome el relevo. Esa es, precisamente, una de las virtudes de la democracia.
La renuncia de Jacinda Ardern al cargo de primera ministra de Nueva Zelanda resultó siendo más una sorpresa en el mundo que en su propio país. Esto no tiene por qué impresionar a nadie. Por fuera se suelen conocer los grandes trazos y los logros sobresalientes de los gobernantes, o sus fracasos cuando son estruendosos, mientras que por dentro se conocen los detalles de su paso por el puesto, que jamás estará exento del fragor de la cotidianidad y de los incidentes típicos de la vida política. Todo lo anterior bajo la calificación inmediata, en ocasiones malintencionada, que forma parte de una competencia que no tiene miramientos, como es la que se desarrolla de manera permanente en torno del poder.
Como el ejercicio de liderazgo, desde el gobierno, no puede escapar de la obligación de afrontar fenómenos y hechos no previstos, la señora Ardern tuvo que afrontar primero que todo la pandemia, que fue una especie de primer examen universal para todos los gobernantes del mundo, y también para todas las sociedades. Problema que, aparte de los asuntos sanitarios, tuvo necesariamente implicaciones políticas en cuanto, para decir lo menos, despertó sensibilidades respecto de la forma de ejercicio de la autoridad e hizo desfilar toda una gama de reacciones que en el contexto social de algunos países dio vía libre a hechos de falta de solidaridad a nombre de la libertad.
Tuvo también la primera ministra que afrontar el inesperado acto de terrorismo protagonizado en contra de la comunidad musulmana de Christchurch, vaya nombre como escenario para el caso, reunida en su mezquita de Al Noor, y en un centro islámico. Un asesino australiano, descrito como “supremacista blanco”, entró en ambos lugares y mató a 51 personas, dejando heridas a 40. Saldo horrible de una acción criminal, de “guerra religiosa” realizada por motivos que el protagonista dejó explícitos en un manifiesto que reflejaba una trayectoria marginal que desembocó en su auto calificación de “ecofascista preocupado por el calentamiento global”.
El manejo que Jacinda Ardern dio a los dos problemas fue visto desde muchos ángulos como ejemplar. Pero, al mismo tiempo, y de pronto por sus actitudes claras, definidas, y dignas de admiración, suscitó también reacciones de los peores enemigos. En primer lugar, aparecieron los que resienten las posibilidades de avance de las mujeres en la vida de las sociedades contemporáneas, sobre todo en el ámbito de los gobiernos.
Jacinda afrontó todo eso con ecuanimidad y, durante su tiempo en el gobierno, además, emprendió el proceso de la maternidad y tuvo el valor de convertirse en madre en ejercicio del cargo, sin que por ello abandonara sus obligaciones en ninguno de los dos campos, en demostración fehaciente del poder de acción y de la voluntad de las mujeres.
No obstante, en los últimos meses aparecieron en el panorama elementos dignos de preocupación para la salud de la democracia neozelandesa, que no se tramitaron por el conducto de una oposición leal a las instituciones, como debe ser, sino que se apeló a diferentes manifestaciones de acoso misógino e inclusive a amenazas de muerte para la primera ministra y su familia, y diferentes acciones de constreñimiento hacia su tarea de gobernante y hacia la tranquilidad de su vida de familia.
El desgaste natural en el ejercicio del gobierno, que siempre jugará un papel importante, sumado a los demás factores ya mencionados, condujeron a una especie de fatiga con el gobierno y también desde el gobierno. Señal que la primera ministra interpretó adecuadamente para llegar a la conclusión de que su tiempo estaba vencido, “por falta de combustible en el tanque para continuar”.
Sea como sea, el acto de anunciar su retiro representa el último y tal vez uno de los mejores servicios que Jacinda Ardern le haya podido prestar a su país. Son las ventajas propias del modelo parlamentario, que por excelencia propicia la vigencia de gobiernos mientras tengan fuerza política frente a la nación, apoyo parlamentario, ánimo propio, y argumentos para gobernar. Cuánto falta alguno de esos elementos te tienes que ir. Así no engañas a nadie ni le haces daño al avance de tu pueblo, que tarde o temprano reconocerá tu honestidad y tu sentido de la responsabilidad.