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En el espejo de Washington

Editorial
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Las perspectivas del avance de la democracia en el mundo son preocupantes. Las listas de sus intérpretes descarriados, de los escépticos, de sus desconocedores y de sus enemigos, aumentan. Lo mismo que aumentan las acciones orientadas a deteriorarla. Los países afectados por el fenómeno no sólo son cada día más numerosos, sino que incluyen a algunos que se han dado siempre el tono de ponerse como ejemplo. Dentro de ellos el caso más significativo es el de los Estados Unidos, no solamente porque allí se han presentado hechos que atentan abiertamente contra la democracia, sino por las consecuencias que eso puede traer en escenarios que miran hacia Washington como paradigma. 

Jair Bolsonaro lanzó en plena campaña en busca de su reelección un desafío abierto a la democracia brasileña cuando dijo que “solamente Dios me podría remover de la silla presidencial”, y sugirió en repetidas oportunidades que no aceptaría su derrota si los votantes eligieron a su oponente, el expresidente Lula da Silva. La semana pasada, mientras se encontraba en Miami, a donde se fue para no asistir a la investidura de su sucesor, seguidores suyos se tomaron las sedes de los tres poderes federales en Brasilia, en acto demasiado parecido al de la toma del capitolio en Washington por los partidarios de Donald Trump, cuando éste no quería aceptar su derrota. 

Los hechos de Brasilia no solamente tienen un significado profundo respecto del compromiso actual de los brasileños con la democracia, sino que suscitan preocupación respecto del futuro. Su ocurrencia, superada por ahora felizmente, forma parte de una secuencia dentro de la cual se inscriben reclamos de abolición del modelo institucional que siguió a la prolongada dictadura militar que manejó al país a su acomodo entre 1964 y 1985, y registran, desde el día mismo de las elecciones, el pedido de la toma del poder por los militares. Récord que no ayuda a sostener la tradicional pretensión brasileña de ejercer la representación y la vocería de América Latina. 

Intérpretes descarriados se dan el lujo de gobernar a su acomodo, después de ser elegidos, con el argumento de que el estado puede estar por encima de todo, según la interpretación “iluminada” que el gobernante tenga del destino de su nación y de su papel en el mundo. 

El problema se extiende aún más, pues el fenómeno de alejamiento de los ideales democráticos se presenta de manera paulatina, y a veces sutil, en escenarios donde ya se habían conseguido avances importantes. En muchos casos la propia inexperiencia en el ejercicio del poder, el desconocimiento de los procesos institucionales, el descubrimiento y disfrute de posibilidades de favorecer a los amigos, y hasta la embriaguez que trae el boato de los actos de gobierno, conducen a desviaciones que al principio no se notan, pero van adquiriendo peso y formando parte del paisaje. Ahí existe un peligro, pues salvo los golpes, o autogolpes de estado, el deterioro gradual del sistema se puede volver irreversible. 

Lamentablemente, los complementos ideales del talante autocrático son la ausencia de una oposición democrática responsable y la presencia del populismo. La primera porque impide la existencia de alternativas válidas de manejo del poder, y el segundo porque es capaz de cautivar con facilidad a los desencantados con los defectos, siempre presentes, del sistema bajo el cual viven, y sobre todo a quienes se estrenan en las reflexiones políticas y no han tenido oportunidad de conocer las peripecias dramáticas de experimentos que han fracasado, ni de vivir las aventuras de ilusiones alejadas de la realidad. 

La precariedad creciente de los partidos políticos, y de su contribución no solamente a la discusión permanente de todos los asuntos públicos, sino al ejercicio de una pedagogía orientada a fortalecer las reflexiones ciudadanas sobre el poder y las instituciones, contribuye al deterioro de la democracia. Otra sería la historia si los partidos dejarán de ser organizaciones electorales que se ponen cualquier disfraz a la hora de pedir los votos, y se convirtieran en motores de pensamiento político capaces de concebir y explicar proyectos plausibles ante los requerimientos de una ciudadanía que, después de todo, termina aislada y de la que se exige aceptar pasivamente lo que a los gobernantes se les ocurra. 

En el Brasil y el Perú se viven hoy retos ostensibles para el avance de la democracia en América Latina. Pero la situación no es exclusiva de esos países. Por todo el continente existe una gama amplia de requerimientos que es preciso satisfacer, para que las libertades se garanticen en un ambiente democrático, que no dependa exclusivamente de unos inspirados que se pueden encontrar hoy en el poder o en la tarea de conseguirlo. En todo el continente se requiere de una creciente y sólida “conciencia política”, como Andrés Carmona y sus compañeros llamaron en su momento a un grupo de estudios destinado a desarrollar un concepto que se debe extender a toda la sociedad, que no puede quedar condenada a mirarse en el espejo de Washington. 



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