El silencio militar evidencia su desarticulación

Editorial
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El silencio de los militares y la quietud en los cuarteles el día en que los bolsonaristas radicales asaltaron las sedes del poder en Brasil no fue demostración de la lealtad de la Fuerzas Armadas a la democracia, sino reflejo de su actual desarticulación.

Las Fuerzas Armadas no reaccionaron al violento ataque del domingo de los seguidores del expresidente Jair Bolsonaro a las sedes de la Presidencia, el Congreso y la Corte Suprema, pese a que los militares son responsables directos por la seguridad del palacio presidencial de Planalto.

Tampoco hicieron caso a los llamamientos para dar un golpe de Estado contra el presidente Luiz Inácio Lula da Silva, como esperaban los seguidores de Bolsonaro, que desde las elecciones estaban acampados frente a los cuarteles del Ejército para presionar por una intervención militar.

Para algunos analistas no se cree que exista actualmente una amenaza a la democracia brasileña ya que no parece que el Ejército quiera algo del género. Si quisiesen un golpe, lo habrían dado hace algún tiempo y no habrían dejado a Lula ganar las elecciones; no hay clima para un golpe en Brasil ni clima internacional.

La inacción de los militares, más que una demostración de su apego a la democracia, fue un reflejo de su desarticulación y su falta de comando y de rumbo. Las Fuerzas Armadas están bastante desarticuladas, desorganizadas y desestructuradas. Cuando ocurre un hecho como el del domingo queda totalmente en evidencia su falta de estructura y de organización.

Pese a que no se considera que exista un cisma en las filas militares,  la desarticulación de las Fuerzas Armadas a la división se debe a que entre los legalistas, que defienden la obediencia a la Constitución, y los que se dejaron contaminar por el bolsonarismo, siguen enfrentados, La institución está dividida y eso es un desastre desde el punto de vista militar; sin cohesión, ni unión no se consiguen pronunciarse ni actuar y por eso su silencio. Esta división, seguramente, fue promovida por Bolsonaro, que invitó a miles de militares a ocupar cargos de confianza en su Gobierno, les ofreció un espacio y les inculcó una cultura conservadora de derecha.

El nombramiento de miles de militares en cargos civiles estratégicos fue parte del plan de Bolsonaro de comprar su fidelidad y obediencia. La duda de si los comandantes obedecerán a Lula fue respondida cuando el Ejército se negó a desmontar los campamentos instalados por los bolsonaristas frente a los cuarteles desde las elecciones. ¿Cómo obedecer si esos manifestantes son ex colegas, familiares y amigos con los que comparten orientación política? La división de las Fuerzas Armadas quedó patente cuando el comandante de la Marina, Almir Garnier Santos prefirió anticipar su renuncia y dejar el cargo antes de la investidura de Lula para no tener que darle el saludo militar al líder ultraderechista. Pese a que el Gobierno de Lula festejó la supuesta posición de los militares de defensa de la democracia, miembros del Gabinete admitieron que desconfían de oficiales de alto rango.

Por su parte, el Gobierno desconfía de la responsabilidad de algunos oficiales en los ataques del domingo porque hay un conjunto de instituciones que fueron contaminadas por el bolsonarismo. Si los oficiales en la activa permanecieron quietos y en silencio, algunos de la reserva, hasta se tomaron fotos cuando participaban en los ataques.

Tal fue el caso del coronel de la reserva del Ejército Adriano Carmago Testoni, destituido el martes de su cargo en el Hospital de las Fuerzas Armadas luego de que publicara en las redes sociales videos de su participación en los asaltos. En esos videos, el coronel insultó con groserías a los comandantes militares, a los que acusó de cobardes y traidores, por no haber aprovechado la oportunidad para promover un golpe. Varios de los más de 1.500 bolsonaristas arrestados por su supuesta participación en los ataques también tildaron de "traidores" a los comandantes militares por no haber cumplido su parte.

Este escenario de Brasil recuerda, en cuanto a las ataques a las instituciones del Estado y de la democracia, a lo que se vivió en Colombia, con las marchas auspiciadas por partidos políticos, políticos y congresistas que querían desestabilizar el gobierno del presidente Duque.  No lo lograron pero forjaron a los miembros de la primera línea, que vandalizaron al país, con sus marchas destructoras y ahora están en plena libertad.

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