La fuerza de las denominaciones impuestas llega a ser tan grande que, de manera absurda, hay cosas que resultan con nombres que no les corresponden. Es el caso de los denominados por mucho tiempo “Mármoles de Elgin”. Nombre adoptado por los británicos después de que Thomas Bruce, guerrero y diplomático escocés, séptimo Earl de Elgin, obtuvo autorización chapucera de un turco a cuyo cargo estaba la Acrópolis de Atenas, entonces bajo dominio otomano, y se llevó para su isla las más importantes esculturas del friso del Partenón, que se exhiben en el Museo Británico.
Sería irrespetuoso con la herencia helénica, con los méritos de su creación clásica, y su contribución al desarrollo del arte, mencionar en un mismo párrafo a ese agente imperial y al diseñador de las figuras saqueadas, que fue el propio Fidias, el mismo de la estatua de Zeus en Olimpia, una de las siete maravillas del mundo antiguo.
Los “mármoles” llevados a Londres son los principales fragmentos del friso de más de 150 metros de largo que sobrevivieron a una de las hecatombes más grandes de la historia del arte, protagonizada por los turcos, que convirtieron el templo de Atenea en depósito de municiones, y los venecianos, que bajo el mando de Francesco Morosini lo bombardearon e hicieron saltar en pedazos el techo de mármol, hasta entonces intacto, y las esculturas adheridas al edificio cumbre de la arquitectura clásica.
Los griegos siempre quisieron un museo para alojar esas esculturas y otros objetos rescatados en excavaciones de la roca de la Acrópolis. Para ello organizaron concursos, en uno de los cuales participó el arquitecto colombiano Víctor Castro Rivera, con la novedosa idea de construir un museo que tuviera la forma de anfiteatro antiguo. Los italianos Nicoletti y Passarelli resultaron ganadores, pero su proyecto no prosperó porque en el sitio escogido se hallaron edificaciones de la ciudad antigua, de manera que se terminó construyendo en otro lugar un edificio diseñado por Bernadr Tschumi y Mihalis Photiadis.
La idea de devolver piezas de alto valor cultural, histórico, simbólico y artístico de museos de antiguas potencias coloniales a los lugares de origen, ha progresado y ha conseguido incorporar a la causa a los reclamantes de toda una serie de tesoros provenientes de diferentes partes del mundo, tomados como trofeos de guerra, robados, pillados, adquiridos por fracciones ínfimas de su verdadero valor, e inclusive regalados ilícitamente por gobernantes de países periféricos con ánimo subalterno. Además de las Esculturas del Friso del Partenón de Atenas, como deben ser correctamente llamadas en lugar de llevar el nombre de quien las robó, el listado incluye, entre otros, los tesoros del antiguo reino de Benin, el Penacho de Monctezuma, el busto de Nefertiti, la puerta babilónica de Ishtar y el Tesoro Quimbaya.
En 2017, en Uagadugú, el presidente francés dijo que no podía aceptar que gran parte del patrimonio cultural de diferentes países africanos estuviera en Francia.
El Museo Británico, que aloja parte del mismo tesoro, después de que tropas británicas asaltaron Benin en 1897, quemaron el palacio real y se llevaron cerca de 4000 obras de arte, considera que la seguridad de esos objetos no estaría garantizada en museos africanos. Argumento que puede sonar de tono imperial, pero no debe dejar de ser tenido en cuenta.
El Papa Francisco acaba de devolver tres fragmentos de los mismos mármoles del friso Partenón de Atenas que han estado en los Museos Vaticanos. Lo hizo como gesto de ecumenismo religioso hacia el Arzobispo Jerónimo, jefe de la Iglesia Ortodoxa de todas las Grecias, de manera que evitó darle a la decisión carácter de estado. Precedente significativo, pues los Museos Vaticanos están llenos de objetos de toda procedencia, desde cuando los Papas eran jefes políticos y beligerantes en todo tipo de conflictos.
En medio de todo, una buena noticia procede ahora de la memorable sensatez de los propiios británicos, que así como han sido capaces de acopiar por métodos anómalos tesoros de diferentes partes del mundo, permiten discusiones sobre los temas más álgidos. Lord Edward Vaizey, quien fuera ministro de cultura entre 2010 y 2016, publicó el 13 de octubre de este año, en el diario The Times, un artículo titulado “Es hora de discutir la repatriación de nuestros artefactos saqueados”.
En el arreglo de cuentas que se anuncia debemos entrar nosotros, para reclamar el retorno del Tesoro Quimbaya, bien público indebidamente “obsequiado” en la última década del Siglo XIX por Carlos Holguín, entonces presidente de Colombia, a la reina María Cristina de Habsburgo, para agradecerle por el laudo arbitral de una disputa de fronteras entre nuestro país y Venezuela. Como lo dijo Melina Mercouri respecto de su país, también en nuestro caso, más que obras de arte, las piezas de ese tesoro son testigos de nuestras realizaciones, elementos de nuestra herencia, de nuestra identidad y de la definición de lo que somos.