Polarización y oficialismo

Editorial
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La renuncia de Evo Morales a la Presidencia de Bolivia hace tres años marcó una inflexión que ha profundizado la polarización alimentada por las insalvables disidencias entre la oposición y un oficialismo desgastado con expuestas fisuras internas.




Cuando Morales dejó el país un día después de su renuncia y denunciando un golpe de Estado después de las frustradas elecciones de octubre de 2019 señaladas de fraudulentas, quedó el estigma de esas dos visiones confrontadas continuamente en las calles o en los espacios políticos como el Parlamento.

La llamada pacificación del país, que fue una de las misiones principales de Jeanine Áñez cuando asumió la Presidencia interina, quedó trastocada con la veintena de civiles muertos en las llamadas "masacres" de Sacaba y Senkata.

Esas muertes han sido uno de los estandartes de lucha desde que Luis Arce llegó al Gobierno junto a la afirmación de que en 2019 hubo un golpe de Estado y no un fraude electoral, por lo que la consigna de hallar justicia ha antecedido a cualquier posibilidad de generar espacios de reconciliación en el país.

La crisis y la salida de Morales del país ha transformado también al Movimiento al Socialismo, MAS, liderado por el exmandatario, porque separó a quienes siendo sus colaboradores renunciaron y pidieron refugio en algunas embajadas con los que decidieron quedarse en el país y resistir en el periodo de transición.

En los dos años de gestión de Arce no ha habido en ningún momento un deseo de llevar adelante un proceso de reconciliación; además hay que considerar que esto se ha intensificado con la inoculación del odio en el debate público con características de "radicalización de la política" y confrontación en vez de un debate ideológico, que separa al MAS de sus adversarios.

Las causas judiciales impulsadas desde el oficialismo para dar con los responsable de lo que consideran la ruptura constitucional en 2019 han despertado progresivamente a una oposición que asumió con resignación el retorno del MAS al Gobierno.

Aún hay una asignatura pendiente para poder cerrar heridas y esto pasa por conseguir justicia por las muertes de Sacaba y Senkata; se debe insistir en que aquel aspecto es algo que tiene que resolver la gestión del presidente Luis Arce. A las heridas de 2019 se suma otro elemento que acentúa la polarización y que tiene que ver con una nueva configuración territorial del poder de La Paz hacia Santa Cruz.

En los dos años de gestión de Arce, aquella región considerada el motor económico del país, ha activado dos huelgas prolongadas, una en 2021 contra una ley polémica de investigación de ganancia ilícitas y este año el paro por el censo que lleva ya 22 días. La respuesta del Gobierno y los sectores sociales oficialistas ha sido constante con acusaciones que apuntan a un nuevo golpe de Estado, el desconocimiento de la democracia y el oponerse a la reactivación económica del país después de la pandemia.

Después de la renuncia de Morales el 10 de noviembre de 2019, tampoco el MAS ha vuelto a ser la fuerza política unida arrolladora y cohesionada alrededor del ex jefe de Estado, a quien aún se le considera el "líder indiscutible" pero que también muchos cuestionan abiertamente.

Existe una identidad y una absoluta coincidencia entre Arce y Morales que se evidencia en la identificación ideológica y política, aunque también hay disensos en torno a los mandos medios de esa agrupación. 

La tensión interna comenzó a manifestarse cuando Morales y las organizaciones cocaleras del trópico de Cochabamba, su principal bastión político, pidieron que Arce cambie a algunos ministros, algo a lo que el mandatario no accedió. Luego Morales asumió un constante rol crítico del Gobierno de Arce bajo el criterio de cuidar al presidente de la corrupción dentro de su gestión así como de algunos ministros que considera responden a la derecha.

Muchos consideran que Morales debe ser el líder que mantenía la cohesión en el MAS pasó a estar devaluado y asedia y ataca permanentemente a Arce tratando de subordinarlo a la dirigencia de su partido. Ahora, en el MAS hay un total quiebre interno y los debates no giran alrededor de los intereses del país sino de intereses corporativos. 



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