Grande otra vez, ¿otra vez?

Editorial
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Nadie sabe qué tanto pudo avanzar Donald Trump, durante el periodo de su presidencia, en el propósito de “hacer grande a América otra vez”. Si a él le correspondiera explicarlo, seguramente daría una de sus típicas respuestas de pocas y manidas frases con estadísticas frecuentemente improvisadas y algún gesto de fuerza cuidadosamente estudiado para seducir. 





Si la respuesta correspondiera a sus compatriotas, el marcador más fidedigno sería el del resultado electoral que lo sacó de la presidencia, sin perjuicio de que haya millones de votantes que creyeron y siguen convencidos de que le robaron las elecciones. Pero la mayoría en su contra fue clara y jamás apareció prueba alguna de las supuestas trampas en contra de Trump.

Después de la experiencia de tratar con él como presidente, salvo el caso de abyectos que nunca faltan, hubo aliados tradicionales de los Estados Unidos en diferentes partes del mundo que no quedaron muy animados. Varios de los europeos que compartían intereses en materia de defensa en el seno de la OTAN, por ejemplo, se sintieron menospreciados, cuando no maltratados, al punto que alguno estimó que esa organización padecía de “muerte cerebral” debido a debido a “la imprevisibilidad estadounidense”. 

En cuanto a las relaciones políticas con Europa, y con países significativos en otros escenarios geográficos, propició un ambiente que no hizo a “América” más grande sino más pequeña, reducida a un espacio político menor que el que antes podía ostentar. Esto quiere decir que en no pocos lugares dejó la impresión de un país más mezquino, merecedor de menos apoyo en regiones del mundo en las que había establecido alianzas estratégicas propias de potencia mundial después de la Segunda Guerra Mundial y de la Primera Guerra Fría. 

En el Asia - Pacífico, por ejemplo, allá donde hay que saber manejar las cosas desde el Japón hasta Australia, pasando por China, hubo respecto de esta última una retórica que pudo ser interpretada como el preámbulo de una nueva guerra fría. Para no dar una vuelta al mundo detallada, las relaciones con quienes ocupamos la mayor parte del territorio del mismo continente, tampoco fueron fluidas. 

El retiro penoso de los Estados Unidos del Acuerdo de París para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, el abandono caprichoso del Plan de Acción Integral Conjunto para asegurar que Irán no produzca armas nucleares, y la salida intempestiva de la Organización Mundial de la Salud, en plena pandemia, tampoco parecen haber servido al propósito de volver a una grandeza que, frente a los hechos, parece apenas expresión de una retórica de corte populista. 

En lo estrictamente bilateral, lo que pareció un intento de aplicarle al presidente comunista Kim Jong-Un las técnicas de entrevista del conocido programa Trump de televisión para pichones de ejecutivos capitalistas, no dio resultado. Ahí sigue el norcoreano echando misiles al aire mientras su entrevistador se refugia, ideando la forma de volver al poder, en un sitio de la Florida cuyo nombre, Mar a Lago, no se sabe en qué idioma es ni qué quiere decir.  

De manera inverosímil en el caso de cualquier otro, pero no en el suyo, a pesar del fracaso del propósito anterior, no cambió su idea de lanzarse, desde ahora, en busca del retorno a la presidencia. 

A pesar de su entusiasmo a toda prueba, la situación de Trump es ahora muy distinta de la de cuando concursó por primera vez por la presidencia. En lugar de historial de empresario, tiene un pasado político plagado de motivos de crítica, promesas y propósitos incumplidos, y manejo desatinado de problemas públicos, como el de la pandemia. Todo con el lastre adicional de afirmaciones sin fundamento, su presuntuosa comparación con Lincoln y otras de las más grandes figuras de su nación, el ultraje a la honestidad de las instituciones electorales del país que él mismo presidía, y la arenga que pudo contribuir al espectáculo de la toma violenta del templo de la representación nacional en una de las democracias más publicitadas del mundo. 

A la incredulidad de sectores importantes del propio Partido Republicano, se suman medios de comunicación experimentados en construir o deteriorar las imágenes que hacen triunfar o fracasar a un político, como él, con tantas luces y sombras. 

Como si el asunto no tuviera nada que ver con él mismo, Trump parecería haber podido alejar, hasta ahora, un argumento en su contra que más bien ha conseguido orientar hacia el presidente en ejercicio, como es el de la desventaja que puede significar el hecho de aproximarse a las ocho décadas de vida. 

Que nadie se engañe, a pesar de que todo lo anterior sea cierto. Trump no ha dejado ni va a dejar de ser el que ha sido. Lanzada su candidatura, apelará a los argumentos más increíbles para estar en la pelea política y evitar una catástrofe judicial. Aprovechará en el escenario de su país la oleada de descontento con todos los gobiernos del mundo, y utilizará su característica natural de razonar políticamente en el nivel más elemental para aparecer como alternativa cautivadora y fácil de entender. Para ello apelará otra vez al lema sonoro de “hacer a América grande otra vez”, aunque no se sepa exactamente cómo lo haría, ni cuál es ese momento anterior de la historia que le sirve de brújula a su proyecto.



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