El futuro de la “tierra entre mares”

Editorial
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Desde hace un siglo, cuando se desataba el proceso que llevó a la Segunda Guerra Mundial y que continuó con el trámite de la Guerra Fría, la invención de la OTAN, y la construcción de la Unión Europea, países de los que ocupan la enorme extensión entre las costas del Báltico y las del Adriático y el Mar Negro, han mantenido viva su preocupación ante el trepidar permanente de las ansias de expansión imperial de Rusia. 

Es el caso típico de circunstancias geográficas, políticas, militares, culturales y estratégicas que perduran y pueden alimentar creencias, ilusiones y propósitos durante siglos enteros. En este caso toda una serie de pueblos, y de estados, inquietos ante la reiterada ambición de dominio ruso, que una vez apropiado del escudo de Bizancio, con el águila que mira con una cabeza hacia oriente y con la otra hacia occidente, busca agrandar las áreas de su influencia con el curioso argumento de considerarse víctima de la expansión de las potencias europeas, con las que siempre ha querido emular bajo el mando de algún gestor autoritario.

Hace cien años, al terminar la Primera Guerra Mundial, un polaco visionario llegó a hablar de un “Miedzymorze”, entremares, que uniría a Lituania, Latvia, Estonia, Finlandia, Bielorrusia, Ucrania, Hungría, Rumania y las entonces Checoslovaquia y Yugoslavia, para hacerles frente a los rusos. Ilusión que fue cambiando de tono y de contenido según el rumbo de procesos internos, afinidades y diferencias con la Europa occidental. Todo para encontrarse con que desde esa Europa también se juegan cartas de influencia y dominación.

Dentro de esa secuencia, la embestida brutal contra Ucrania viene a ser el episodio más reciente de un drama motivado por la ambición rusa de ocupar territorialmente, o al menos de imponer su voluntad y señalar las condiciones de la vida y la orientación de la acción internacional de todo país que se encuentre en las zonas limítrofes de sus dominios.  

Józef Piłsudski, uno de los fundadores de la Polonia moderna, miembro temprano del Partido Socialista Polaco, pertenecía a la tradición lituano-polaca que resentía la “rusificación” de esa parte de Europa. Al detener el avance del Ejército Rojo cuando pretendía avanzar sobre Varsovia, en 1920, impidió la inclusión de su país en el nuevo imperio ruso, aunque no pudo cumplir el sueño de esa alianza “intermarium” que uniría a los países ya mencionados, en una convergencia de afinidades ante las pretensiones rusas. 

Por la misma época, ucranianos, lituanos y diferentes pueblos de la región libraron batallas con el objeto de contener el avance de los rusos, aún en medio de divisiones internas, y lograron establecer nuevos estados, hasta que cualquier barrera de contención terminó más tarde despedazada por el avance soviético bajo el mando de Stalin y las revoluciones comunistas de la Europa Oriental.

De alguna manera, a estas alturas del Siglo XXI comienza otra vez a abrirse paso, no solamente dentro de los estados sino en el alma de muchos pueblos, la idea centenaria del “intermarium”, pues nadie se siente suficientemente seguro ante una nueva edición de las ambiciones rusas, cuyo presidente no tiene reato en el sacrificio de vidas humanas, aún de sus compatriotas, la destrucción de la infraestructura civil, la dignidad de la vida cotidiana o cualquier signo de civilización que se oponga a una visión personal que tiene de la historia, a su negación de la libertad, del derecho y del estado democrático, además de su falta de respeto por la verdad ante propios y extraños.

El solo hecho de que, si no fuera por la ayuda occidental, Ucrania habría sucumbido ante el poderío de un ejército al que muchos consideraban, aunque a la hora de la verdad esté muy lejos de serlo, el segundo del mundo, indica que la amenaza de la época de Józef Piłsudski sigue vigente. Con el agravante de que la propia Rusia propició un calculado desarme de Ucrania y el desmonte cuidadoso de elementos de poderío en otros países, que hoy solamente pueden sostener una confrontación contra los rusos con el apoyo de los Estados Unidos y otros aliados occidentales, que también tienen, por supuesto, sus propias ambiciones.

Como los procesos históricos están llenos de efectos de origen insospechado, pero de lógica implacable, la amenaza creciente, representada en los actos y las declaraciones brutales del jefe del estado ruso, acostumbrado a que nadie le contradiga, y la creencia acomodaticia de que Rusia es una potencia mundial, se pueden convertir en esa amenaza común que en tantas instancias de la vida política y de la secuencia de las relaciones internacionales ha obligado al entendimiento y la unidad. 

En otras palabras, cualquiera que sea la salida del presente conflicto, la secuencia de los hechos desatada desde el 27 de febrero de 2022 no solamente marcará una vez más diferencias de fondo entre Rusia y las potencias occidentales, con las que pretende emular, sino que vuelve a impulsar la idea de cooperación entre países que hace cien años lograron liberarse de los imperios alemán, austrohúngaro y otomano, y ahora deben afrontar otra vez la versión ultra conservadora de una Rusia anacrónica y autoritaria, con ánimos imperiales a la vieja usanza.



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