Los niveles de agresividad a que ha llegado la población colombiana son realmente preocupantes. Y no se trata solo de los permanentes ataques entre los políticos de bandos opuestos, quienes sin embargo se están pasando de la raya y por ello están pidiendo excusas con demasiada frecuencia a los que ofenden con sus afirmaciones.
Tampoco se limita al desahogo en que se han convertido las redes sociales donde el anonimato es patente de corso para insultar. Pareciera que los colombianos guardamos una alta dosis de rabia que la descargamos cada vez que podemos, independientemente de si lo que nos molesta no tiene una forma distinta al insulto para expresar nuestro desacuerdo.
Pero el sector que se ha convertido en blanco predilecto de quienes viven cargados de tigre es el de los columnistas porque los e-mails personales, se han convertido en el medio adecuado para hacer ver su irritación. Si son escritos de mujeres estos son particularmente descalificadores y no bajan de viejas, feas y brutas.
No creemos sinceramente que con los hombres los críticos de sus columnas usen ese tinte tan personal. Aun cuando se plantean argumentos con los cuales tratan de demostrar las equivocaciones, le agregan el insulto como parte fundamental de su posición.
Claro que no es nada agradable estar sometido a esta especie de guerra silenciosa. Sin embargo, el punto realmente importante no es ese sino el verdadero significado que adquiere la acumulación de expresiones llenas de rabia que casi siempre acompañan los comentarios que están en desacuerdo con los escritos.
Con esta forma de relacionarnos los colombianos, ¿se está construyendo el espacio de conciliación que exige el inicio de un proceso de paz? No es posible reconciliar una sociedad tan dividida, tan excluyente como la colombiana, si la forma de dirimir diferencias, así sean menores, es atacando con descalificativos a la contra parte. Lo han dicho muchos pero parecería que es más fácil firmar en La Habana que cambiar esta forma tan desastrosa de relacionarnos los unos con los otros en nuestro país.
A nadie se le perdona nada y esto se aplica independientemente del tipo de análisis que merece los insultos. Pero si el tema es local o regional, especialmente en la Región Caribe, la sensibilidad se tiene siempre a flor de piel. Cualquier preocupación legítima que se tenga se interpreta como un insulto a la ciudad o a la región y por consiguiente se contesta con otro insulto. Flaco favor se le hace a la ciudad o a la región, porque muchas de las observaciones que se hacen buscan llamar la atención sobre aspectos que se pueden estar subestimando y que pude perjudicar el futuro. Todo se entiende como una agresión.
Se firmará un acuerdo de paz con la guerrilla primero con las Farc y después con el Eln, pero alcanzar la verdadera paz, es decir, vivir cordialmente en Colombia, será imposible de lograr con la prevención que persiste entre nosotros; con el afán de descalificar a quien piensa distinto. Parecería que nuestros ciudadanos están dispuestos a seguir la guerra porque se acostumbraron a sus métodos violentos. Los abuelos decían: la paz empieza por casa y esto tan elemental parece imposible a menos que se tome conciencia a todo nivel sobre la necesidad de dejar de agredirnos.
Sería un verdadero contrasentido que se llegue a un acuerdo con la guerrilla y los colombianos nos sigamos matando, si no con balas si con palabras.