A las cinco de la mañana del domingo 4 de agosto, después de un largo padecimiento, falleció en la Clínica de La Mujer de Santa Marta el Ingeniero Civil y Abogado Horacio Escobar Luque.
Muchos sectores de la sociedad samaria les expresaron a sus familiares más cercanos sus sentimientos de dolor por tan sensible suceso. Sin duda, Horacio había dejado marcas indelebles en el corazón de quienes se consideraron sus amigos. Fue generoso e incondicional con todos ellos, se mostró siempre como era: trasparente y sencillo, a veces recio e inconmovible pero muy jovial y cariñoso.
Su periplo por la vida pública fue impecable. Los resultados de su trabajo dedicado y pulcro se vieron, sin tener que reparar nunca por haber ejercido conductas autoritarias o extralimitadas. No dio su brazo a torcer ante la corrupción. Conservó intacto su talante de funcionario probo y honesto hasta cuando la enfermedad lo obligó a retirarse. Buscó la solución de los problemas que tuvo en frente, indagó juicioso, se llenó de argumentos para proceder y resolver en justicia, ya que su trabajo de auditor y de fiscal a veces, le exigía y él mismo se los imponía, altos niveles de criticidad ética y moral.
Cuando lo despedíamos ayer en Jardines de Paz, el sacerdote que ofició la Santa Eucaristía, definía a Horacio como un “buscador incansable” de Dios. Como una persona que no agotó sus resistencias hasta encontrarlo, que recorrió diversos caminos y anduvo por diversos lugares sin hallar una respuesta que lo llenara a plenitud; hasta que por fin la encontró en la Congregación de María llamada “Lazos de Amor Mariano” a la que asistía diariamente y con inmensa alegría como misionero, como predicador, como conferencista, como consejero.
Buscó a Dios hasta que lo encontró. Muy seguramente Dios también lo buscaba a él por su testimonio de vida, por su insistente afán por descubrir la “única verdad”, la Gran Verdad que colmaría su ansiedad de retomar el sendero de la fe del que por ocasiones se perdió. Pero habiendo encontrado definitivamente a Dios, con la fuerza de su testimonio dio el mejor ejemplo de cómo retomar el camino y obtener el perdón, perdonando a quienes durante su extravío ofendió y enseñando las verdades que fueron surgiendo sólidas al optar por su salvación y la de su prójimo, revelándose como el más batallador contra el cáncer.
“No puedo creer que Horacio, con esa metástasis de la que hablan sus médicos, esté leyendo la palabra de Dios en la Misa y con semejante vozarrón, pero no es nada, que esté cantando el Ave María como si estuviera en un concierto (…) esa es mucha la fuerza que le da la fe en Jesús”, decían las personas que lo veían llegar con dificultad al altar a proclamar la palabra o a entonar un canto de regocijo, de paz y adoración al Dios descubierto tras su inmensa y desesperada búsqueda. “Es el Espíritu Santo que llena de fuerzas para subir las gradas del altar y pone en mi garganta mi mejor voz para adorarlo”, respondía.
A Caro, a Pili y a Samuel sus hijos, a Ruth Ma., su única hermana, a los familiares y amigos que se consideraron suyos los comino a aceptar la muerte de Horacio como un regalo inmenso de Dios, que al ser encontrado por él, no quiso perderlo y se lo llevó consigo, para que desde ese lugar en el que todos deseamos estar irradie para los de aquí el amor y la dicha que sintió al irse de entre nosotros...