La insolidaridad de los privilegiados

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Escrito por:

Cecilia Lopez Montaño

Cecilia Lopez Montaño

Columnista Invitada

e-mail: cecilia@cecilialopez.com



Colombia es un país donde los sectores que podrían considerarse privilegiados no se han enfrentado seriamente a una crisis que ponga en peligro su situación económica o social. Familias enteras heredan posiciones en la política y en empresas con las vicisitudes propias de la vida, pero sin haberse enfrentado a caos que borren los beneficios de los cuales siempre han disfrutado. Y no se trata solamente de los sectores más ricos del país sino también de aquellos por razones diversas reciben mejores tratamientos que el promedio de sus conciudadanos.
Este no es el caso de élites como la chilena o la misma venezolana. Cambios en el régimen político, decisiones de nuevos liderazgos con apoyos distintos a los tradicionales, han quebrado la historia exitosa de clanes poderosos que terminan en el exilio o que se han visto enfrentados a vivir de una manera muy distinta a la que estaban acostumbrados. Pero al repasar la historia colombiana, es evidente que aquellas familias poderosas en épocas anteriores, logran mantenerse en un esquema en el cual el nepotismo se toma como algo inevitable. Claro que han surgido nuevos sectores poderosos que han logrado éxito económico que sin duda se ha traducido en clara inherencia en los círculos del poder político de hoy. Pero son más la excepción que la regla.
Cuando Colombia se enfrenta a una posibilidad seria de replantearse como Nación; de iniciar una etapa menos violenta, y cuándo el logro de estos posibles avances requiere de un gran esfuerzo de quienes siempre lo han tenido todo, la sociedad se enfrenta a una profunda insolidaridad precisamente de aquellos que debería ser los primeros en apoyar los esfuerzos que se requieren para avanzar en una tarea de reconciliación nacional.
Por el contrario, son los gremios de la producción, los grandes empresarios, los primeros en ponerle palos a la rueda que significa sacrificios, como es el caso de los nuevos tributos. Todos los analistas serios coinciden es que Colombia debe gravar la riqueza y que la forma más directa de hacerlo es poniéndole impuestos a los dividendos en cabeza de los individuos. Lo demás, como aumentar el IVA, gravar más a las empresas y a la clase media, en una sociedad tan desigual como la nuestra, es absolutamente injusto e ineficiente cuando lo que requiere es estimular la dinámica productiva en sectores claves.
La insolidaridad de las élites, su falta de visión de futuro, su empeño en mantener sus posiciones de privilegio, parecería ser una constante en Colombia. Y la razón parecería obvia: todos los conflictos, incluyendo el que ahora se trata de acabar, son reconocidos como "guerras de pobres." Para muchos, la Violencia que dejó mucha sangre, fue realmente entre liberales y conservadores pobres. Como una "guerra rural", obviamente de pobres, califican los historiadores de Memoria Histórica los dolorosos acontecimientos de los últimos 50 años. Claro que se han dado secuestros, asesinatos y muertes de individuos que pertenecían a estos grupos de élite. Pero han sido muy inferiores a los sacrificios de la población pobre y además rural.
Llegó la hora de construir una sociedad diferente y este gran cambio debería empezar por la solidaridad de los grupos de privilegiados. No se trate que lo entreguen todo ni más faltaba pero sí que no se opongan a contribuir con sus impuestos y no solo con limosnas, a financiar los profundos cambios que requiere la sociedad colombiana. Dentro de la institucionalidad existente, y no en medio de una falta de gobernabilidad como ha sucedido en otros lares.



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