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El dolor de la parranda

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



Se me ha quedado grabada la frasecita con que el narrador siempre omnisciente que creara el inmortal Gabriel García Márquez -para Cien años de soledad- describe una emoción fría muy propia de ésta, nuestra tierra; se trata de un padecimiento que ataca a muchos cuando, en el paroxismo de la fiesta con acordeón, llegan los recuerdos y esas cosas, y entonces, se siente, ahí está: "La soledad de las parrandas".

De nada sirve el bullicio, la algarabía, las mujeres muchas que lo alegran todo… Estás acabado cuando la tristeza solitaria viene en forma de canto torácico, de baile endiablado, y de carnaval musical de la Colombia rebelde del septentrión.

Ahora me acuerdo de Daniel Samper Pizano y de su desvergonzado amor cachaco por el vallenato. Decía un día -¿o escribía?, ¿no es lo mismo acaso?- que la canción del Valle de Upar que más le gustaba era esa que dice: "Este es el amor-amor, el amor que me divierte: cuando estoy en la parranda, no me acuerdo de la muerte. (…)". Qué maravilla. Y qué buen gusto el de Samper.

Resulta que es verdad: la muerte se puede ir al condenado infierno cuando estás sudoroso, adoleciendo los acordes de los pitos y bajos de un acordeón, que pasan sin permiso por el través de tu sangre y huesos, haciéndote vibrar, temblar de pasión redentora -casi purificadora-, mientras te tomas una cervecita, y te olvidas de todo y de todos. La muerte no existe entonces. Eres inmortal. ¿No es así? A que sí.

El vallenato (y su consecuencia natural, la parranda) es la expresión más intestina de la Colombia mestiza, ocultada, excluida, matada mil veces mediante el inefable método de la negación; y es por eso, justamente, que no ha desaparecido en el mar de odios con que aquí se aprende a vivir desde temprano. Y no lo hará.

La música que el país ha parido como una erupción para expresarse mejor se caracteriza, en mi concepto, por su ánimo de supervivencia: he ahí su identificación con esta nación habituada a los problemas de aceptación propia, sí, a la negación y a la exclusión.

Así, la música vallenata se ha constituido con los años en la salida al dolor emocional que produce el solo hecho de ser colombiano, es la terapia que nos permite volver a vivir la realidad una y otra vez después de caer derrotados por la propia idiosincrasia, una y otra vez.

Diomedes Díaz no fue el primer cantante vallenato, ni el primer compositor, y ni siquiera era el mejor en una cosa o la otra…; pero resulta que Diomedes Díaz sí era Diomedes Díaz. En un país donde nada es lo que parece, eso no tiene precio: la gente desprevenida aprende a reconocer lo verdadero, incluso a su pesar ignoto.

Díaz Maestre era algo así como un sicólogo de las multitudes extáticas, porque sabía interpretar canciones que interpretaban a su vez al pueblo. Y entonces, sin darse cuenta, termina uno emparrandado, borracho -menos de alcohol que de regeneración forzosa, rabiosa-, tratándose el dolor de estar vivo con el medicamento ese de "viva la vida, que mueran los pesares"… Porque así entendemos este asunto por aquí.

Porque Diomedes, lo queramos reconocer o no, era una parte de nosotros, que lo hemos escuchado desde el vientre materno en las calles. Y porque siempre habrá un vallenato suyo que nos haga recordar todo lo que apenas somos, lo que hay que aceptar "sin medir distancias". Qué vaina. Descansa en paz ahora, Diomedes.