Emma Reyes: Pintora y narradora

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Escrito por:

José Vanegas Mejía

José Vanegas Mejía

Columna: Acotaciones de los Viernes

e-mail: jose.vanegasmejia@yahoo.es

Hace apenas un mes adquirí el libro 'Memoria por correspondencia', de Emma Reyes, para mí una ilustre desconocida que nació en Bogotá en 1919. Se lanza ella a narrar los primeros años de su vida. Utiliza un lenguaje carente de recursos literarios, los que le fueron negados precisamente por su condición de indigente en su deprimente niñez. Basta iniciar la lectura de esta confesión que Emma Reyes hace al escritor e historiador Germán Arciniegas, su amigo, para comprender el carácter y el estoicismo de la narradora.

Cito textualmente el comienzo de 'Memoria por correspondencia': "La casa en que vivíamos se componía de una sola y única pieza muy pequeña, sin ventanas y con una única puerta que daba a la calle. Esa pieza estaba situada en la Carrera Séptima de un barrio popular que se llama San Cristóbal en Bogotá. En frente a la casa pasaba el tranvía que paraba unos metros más adelante de una fábrica de cerveza que se llamaba Leona Pura y Leona Oscura. En esa pieza vivíamos mi hermana Helena, un niño que nunca supe su nombre, que lo llamábamos "Piojo", una señora que solo recuerdo como una enorme mata de pelo negro que la cubría completamente y que cuando lo llevaba suelto yo daba gritos de miedo y me escondía debajo de la única cama". "Nuestra vida se pasaba en la calle: todas las mañanas yo tenía que ir al muladar que estaba detrás de la fábrica para vaciar la bacinilla que habíamos usado todos durante la noche; era una enorme bacinilla esmaltada pero del esmalte solo ya quedaba muy poco. No había día que la bacinilla no estuviera llena hasta el tope y los olores que salían de esa bacinilla eran tan nauseabundos que muchas veces yo vomitaba encima." Este fragmento, con la crudeza que lo caracteriza, nada tiene que envidiar a los mejores textos de la literatura del naturalismo literario.

La obra de Emma Reyes nos recuerda al pícaro de 'El Lazarillo de Tormes', quien sirve sucesivamente a siete amos despiadados para poder sobrevivir. Pero el carácter de obra anónima nos permite dudar de la veracidad de los hechos que se relatan y de la existencia real del niño Lázaro. En cambio, la autora de 'Memoria por correspondencia' debió padecer las desventuras de un ser abandonado a su suerte desde muy niña, a los cinco años, con la sola compañía de su hermana apenas dos años mayor que ella. Abandonadas ambas en una estación de ferrocarril, son llevadas a un convento, donde cumplen labores esclavizantes, sin contacto con el mundo exterior. Hasta la edad de doce años a Emma nadie le había enseñado a leer. A medida que se avanza en la lectura de esta crónica, el lector se pregunta cómo una persona que ha sido sometida a tanto desprecio, a tanta humillación puede llegar a sobresalir en la vida. La expectativa continúa hasta la última página de su relato, consignado en 23 cartas enviadas a Germán Arciniegas, desde París, entre los años 1969 y 1977.

Dice Germán Arciniegas: "Emma Reyes salió de Bogotá sin más experiencia que la de una recogida en el hospicio. Emprendió un viaje que paró en Buenos Aires, marchando a pie, en buses, trenes, en lo que fuera, vendiendo cajas de Emulsión de Scott. En Buenos Aires, pintando se ganó un concurso internacional y fue a dar a París.

En una exposición suya, el último visitante estampó su firma: Picasso." Emma Reyes pasó de París a Washington y México. A su regreso a la capital francesa montó su taller con gran éxito y se dedicó a introducir en el mundo del arte parisino a muchísimos pintores sudamericanos que más tarde han sido famosos. Finalmente, radicada en Burdeos con su médico y esposo, Emma Reyes, pintora famosa, falleció en el 2003.

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