La herencia olvidada de Kiko Mendive

Columnas de Opinión
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Escrito por:

José Vanegas Mejía

José Vanegas Mejía

Columna: Acotaciones de los Viernes

e-mail: jose.vanegasmejia@yahoo.es

El cine mexicano hizo familiar entre el público caribeño la figura del 'tipo' descomplicado, dedicado a conservar y exhibir su 'pinta' más que a procurarse el diario sustento mediante un oficio más o menos remunerado. Muchos de estos personajes pertenecían a la farándula mexicana, pero los que más llamaban la atención provenían de Cuba y otros países del Caribe.

Los cinéfilos los convirtieron en sus ídolos, tal vez por compartir la idiosincrasia de quienes se solazaban con la vida muelle mezclada con la malicia inventada para cada día.

Esos tiempos, como ocurre en cada época, trajeron sus propias modas. Los personajes que atraían nuestras miradas usaban pantalones sumamente estrechos en la parte más baja. Lo importante era utilizar cada vez más ceñido el pantalón en el punto de contacto con los zapatos. Muchos usuarios de esta moda, ante la imposibilidad de meter y sacar el pie por la pequeña abertura, utilizaban cremalleras o correderas, que cerraban después de introducir sus extremidades inferiores. Con esta nueva modalidad los zapatos parecían exageradamente grandes. Complementaba la imagen del bacán una ancha pretina en la parte superior del pantalón.

'Pretina volada' la llamaban, y les llegaba casi hasta el pecho. Se decía en esos tiempos que era más fácil sacarse el pañuelo del bolsillo del pantalón pasando la mano por encima del hombro que hacerlo de la manera tradicional. Además, un delgadísimo cinturón que pasaba por debajo de pequeñas presillas, aparentaba sujetar una ajustada pretina.

La elegancia de estos señores de pasadas épocas requería a veces el uso de una leontina cuya cadenita terminaba en un reloj. Lo llamativo de esta prenda estaba en la forma ceremoniosa como su propietario la manejaba. Generalmente lo que menos le interesaba era saber la hora; pero abrir el estuche y detener en él la mirada mientras se sentía observado con envidia, era un ritual propio solo de un buen bacán.

Del bacán al camaján solo hay un paso. El primero lleva consigo una carga positiva, unos valores que en el camaján se debilitan por causa del ocio y la molicie, sin que pueda afirmarse que este personaje merezca la condena de la sociedad.

Hugo González Montalvo nos dice de la bacanería: "Es un goce íntimo, social y planetario. Un profundo sentimiento de amistad y fraternidad. Un modo auténtico, amable y simpático de vivir. Una forma intensa, prudente y moderada de celebrar la vida". Y ese personaje que tantas veces encontrábamos en los barrios populares, 'pantalleando' en las esquinas y alardeando de sus botines de dos tonos mientras hilvanaba historias inventadas para sorprender a sus oyentes cautivos, sin duda eran exponentes de esa forma intensa, prudente y moderada de celebrar la vida.

De algo había de servirle el ejemplo que con su vestimenta le había otorgado el famoso bailarín y cantante cubano Kiko Mendive, de quien guardo en la memoria su imagen plasmada en la pared de un conocido bar samario; sus zapatos descomunales nada le envidiarían a los del famoso Tribilín de Disney.

Pero la bacanería, entendida como la conciben Oliverio Del Villar Sierra y los bacanes de Santa Marta y la Costa, siempre afloró para establecer la diferencia y señalar que el bacán no solo es presencia exterior: la bonhomía y el don de gente también estaban allí. Otras formas de vestir, sobre todo en los hombres, nos indican la preferencia que imponen las épocas.

Cuántas películas, novelas, videos o simples fotografías nos hablan de los pantalones ajustados a las piernas y de las botas amplias, como para barrer las calles. ¿Se acuerda alguien de Jimmy Salcedo? La década de los setenta y las posteriores han tenido sus bacanes, aunque la forma de vestir no fuese su principal distintivo.

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