El domingo de la primera vuelta electoral por la Presidencia de la República amagaba con ser uno de esos días grises capitalinos. Éramos decenas los que, poco antes de las ocho de la mañana, estábamos parados en fila paralela a una pared exterior del colegio sesquicentenario que nos sirve de puesto de votación, esperando la apertura de las urnas. Una vez dentro, en la fila de la mesa, quedó claro a los presentes que no se trataba de una jornada cualquiera: la tensión era palpable desde la actitud poco afable de los jurados. Aquello se vio reforzado cuando un hombre mayor, que a duras penas podía andar, gritó después de votar el lema de batalla del candidato finalmente ganador. Algunos llamaron a la policía, incluidos unos jurados. El viejo gritó entonces con más fuerza.
Desde que se sabe que Abelardo de la Espriella es el presidente electo de los colombianos, y que nada podrá revertir ese resultado, pululan vocecillas como de grillos en la noche que ejecutan con disarmonía el mismo pentagrama gastado: “De la Espriella encuentra un país dividido y tiene que gobernar para todos”. ¡Pues vaya novedad! Expresiones de ese tipo no tendrían nada de extraordinario, más allá de su bobaliconería evidente, si no fuera porque es notorio que hay quienes pretenden con ellas atribuir al candidato vencedor la facultad de haber fragmentado a este país; uno que, a decir verdad, en pocas ocasiones ha estado tan unido como lo estuvo el pasado 21 de junio, para sacar al petrismo del poder. No, De la Espriella no rompió nada: le dio a la mayoría un propósito.
En realidad, la división natural del pueblo colombiano no puede atribuirse a ningún candidato presidencial, como la división natural de pueblo alguno podría corresponder a nadie en particular. No se hace aquí una defensa del determinismo histórico (entre otras razones, porque eso estaría cerca del marxismo, cosa tan violenta como superficial), pero en política no se puede confundir la causa con la consecuencia. Si existen candidatos presidenciales de reacción ante un gobierno, ello se debe a la mala gestión gubernamental, y no al revés: no viene un candidato, de la nada, a desbaratar lo que funciona perfectamente. Así, es buena noticia que haya quedado demostrado que la gente no se deja engañar tanto, por políticos puestos al descubierto o por opinadores corrompidos.
Por lo demás, a aquellos que pretenden culpar por el actual odio exacerbado de clases sociales al Gobierno que no ha iniciado, les convendría echar una mirada a los periódicos del último cuatrienio a ver qué encuentran. Afortunadamente, lo que hallarán es que, por más que se haya intentado disfrazar con palabrería de “lucha social” a ese inverosímil llamado a la confrontación ciudadana desde la autoridad, la gente del común no respondió. Y tengo para mí que, en lo sucesivo, no responderá, por cuanto el presidente electo ha dado muestras de ser un constructor de unidad. Puede que persistan, desde luego, las posiciones contrarias al Ejecutivo, siempre saludables en democracia; pero más allá del disenso y el combate franco de las ideas, debemos confiar en que los colombianos hayan aprendido a entender que lo que quieren en el fondo es vivir en paz. Paz y bien.