Hay una semana en toda campaña en la que el país deja de moverse entre promesas y entra, por fin, en el terreno de la responsabilidad. Esa semana es esta.
La semana previa a una elección presidencial tiene algo de víspera y algo de juicio. Ya no hay tiempo para fingir que no sabíamos ni espacio para refugiarnos en frases como “después miro”, “todavía no me decido”, “todos son iguales” o “eso no cambia nada”. A estas alturas, el ciudadano responsable ya hizo la tarea o, al menos, entiende que le corresponde hacerla ahora.
Porque votar no es un acto automático. Nunca lo ha sido. Votar bien exige atención, memoria y criterio; exige separar el ruido de las ideas, la emoción del proyecto y la simpatía de la capacidad. Y, sobre todo, obliga a formular una pregunta incómoda pero decisiva: ¿qué país estoy ayudando a construir con mi voto?
Lo digo porque Colombia llega a esta elección con cansancio, sí, pero también con claridad. Hemos visto un gobierno marcado por escándalos, improvisaciones, tensiones institucionales y una forma de ejercer el poder que dejó demasiadas dudas sobre la seriedad, la transparencia y el rumbo. También hemos visto una oposición que, por momentos, pareció más interesada en diferenciarse entre sí que en comprender la dimensión del momento histórico que enfrenta el país.
Y aun así, aquí estamos: con la posibilidad intacta, con la democracia abierta, con el voto todavía en nuestras manos.
En otros países, cuando la institucionalidad se debilita en exceso, la gente descubre demasiado tarde que su capacidad de elegir ya se perdió. Aquí todavía no. Aquí el voto sigue contando y el rumbo aún puede corregirse. Pero eso exige salir del letargo, dejar de ver la política como un conflicto ajeno y asumir que esta semana no es para comentar la campaña, sino para ejercer la ciudadanía.
No se trata de votar con rabia, por moda o por miedo. Se trata de votar con conciencia: de mirar qué ha dicho cada Binomio presidente y vice, cómo ha actuado, qué país propone y qué tan coherente es su visión con la Colombia que queremos.
Me preocupa que hayamos reducido esta elección a frases sueltas, videos cortados y reacciones viscerales. Un país no se gobierna con clips, ni se corrige con titulares, ni se salva con marketing. Gobernar exige equipo, visión, autoridad, capacidad de ejecución y una noción moral del poder. Porque no da igual quién manda.
Por eso esta debería ser una semana de conversación seria: en las casas, en las oficinas, en los grupos de WhatsApp, en la radio y en las universidades. No para pelear, sino para pensar; no para imponerse, sino para contrastar; no para repetir propaganda, sino para preguntarnos con honestidad qué le conviene al país.
También debería ser una semana para recordar algo básico: la abstención no es neutral. Cada vez que alguien decide no votar, otro decide por él. Quien renuncia a su voto le deja más poder a quien sí entiende su importancia. Y después, cuando la democracia ya habló, lamentarse sirve de poco.
Esta semana no es para la indiferencia, sino para la responsabilidad. Para una madurez cívica que no se mide por la cantidad de opiniones que lanzamos, sino por la seriedad con la que asumimos sus consecuencias.
A Colombia le sobra cinismo y le falta compromiso; le sobra comentario fácil y le falta decisión; le sobra resignación y le falta coraje ciudadano. Porque esta elección sí importa. Y mucho.
Ajá Leo, ¿y hoy qué?
Hoy, dejar de poner excusas. Hoy, leer con calma. Hoy, decidir con libertad. Y esta semana, sobre todo, recordar que hay momentos en los que el país no nos pide participación en los chat, nos pide presencia en las urnas.
Columna de Opinión
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