Hay campañas que parecen nuevas, pero en realidad son un déjà vu mal resuelto. A menos de un mes de la elección presidencial de 2026, Colombia vuelve a mirar un escenario conocido: los candidatos que disputan el voto contrario al continuismo se atacan entre sí, se desgastan en pleitos menores y, mientras tanto, el aspirante de continuidad observa, administra su ventaja y deja que los demás hagan el trabajo sucio por él. Eso, exactamente eso, debería alarmarnos. Porque ya lo vivimos.
En 2022 también llegamos a la recta final con una oposición fragmentada, confundida entre egos, cálculos y desconfianzas mutuas. El resultado está en la memoria reciente: Gustavo Petro pasó primero con 40,3% y la derecha tradicional ni siquiera logró llegar a la segunda vuelta; quien terminó enfrentándolo fue Rodolfo Hernández, el inesperado beneficiario de una dispersión que nadie quiso corregir a tiempo. Fue la derrota de quienes no entendieron que, el adversario principal no es el parecido, sino el distinto.
Y aquí me surge esa inquietud que no nos deja en paz: ¿acaso no sacamos ni una lección de lo que vivimos en 2022? Competir, claro, es parte de la esencia democrática, pero otra cosa es lanzarse al abismo político frente a todo el país. Los candidatos no tienen por qué abandonar su identidad ni sus convicciones, pero sí deberían leer el momento histórico con ojos frescos y responsables. Si de verdad buscamos impedir que se repita el mismo modelo que nos preocupa, ¿de qué sirve desgastarse atacando al que tiene ideas similares, mientras el proyecto que dicen cuestionar sigue avanzando con paciencia y aprovechando la división de quienes deberían estar unidos? Es hora de entender que la pólvora bien gastada es la que apunta hacia el verdadero reto, no la que se pierde en disputas entre afines.
Y es que hay razones de sobras para por la qué esa continuidad preocupa. Y no hablamos de una diferencia menor de estilos, sino de un gobierno golpeado por escándalos serios: el caso de la Ungrd, con carrotanques comprados de forma sospechosa y una investigación que tocó a altos funcionarios y abrió hipótesis de sobornos para mover reformas; el caso de Nicolás Petro, cuyo propio proceso incluyó la admisión de que dinero ilegal entró a la campaña presidencial; el escándalo de las interceptaciones y el polígrafo a Marelbys Meza en la órbita de Laura Sarabia; y el probado exceso en los topes de financiación de la campaña de 2022 por 5,3 mil millones de pesos. Lo más inquietante no es solo que hayan ocurrido esos hechos. Es cómo se dejaron pasar, cómo se normalizaron, cómo la política colombiana pareció acostumbrarse al escándalo permanente.
Es momento de actuar con sensatez y evitar la confrontación entre quienes quieren cambiar el rumbo del país. En lugar de hostilidades, hay que contrastar posturas con firmeza e inteligencia, debatir sin fracturar y diferenciarse sin favorecer, al contrario. Si se recupera el foco y se eleva la discusión, los sectores afines pueden mostrar por qué Colombia debe corregir su camino y lograr un cambio. No todo está decidido; lo imperdonable sería repetir errores conocidos.
Algunos columnistas reconocidos debaten sin pruebas y descalifican a las personas en vez de discutir ideas. El debate debe enfocarse en argumentos y no en experiencias personales. No tengo nada en contra del candidato oficialista, pero cuestiono sus ideas y proyecto.
Ajá Leo, ¿y hoy qué? Hoy, dejar de pelear por vanidad y empezar a actuar por responsabilidad. Hoy, entender que derrotar el continuismo exige menos ego y más inteligencia. Porque la esperanza también es una decisión, y Colombia todavía está a tiempo de tomarla.
Columna de Opinión
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