No somos lo que decimos que somos; somos lo que hacemos. La vida se agota —o se revela— en las prácticas del día a día, en esa rutina imperante que, muchas veces, termina por consumirnos. El mundo se vuelve entonces un espacio que habitamos desde nuestras acciones: acciones que, desde el principio de los tiempos, nos han permitido obtener los recursos necesarios para vivir. El cazador, el herrero, el agricultor, el pastor… todos hacían algo para sostener la vida. De alguna manera, todos trabajaban.
Con la Revolución Industrial, que llenó el mundo de fábricas y manufactureras, aparecieron los obreros: los habitantes de esos nuevos espacios de producción. Con ellos surgió también una lógica que aún persiste: cambiar tiempo por dinero, y dinero por cosas. Sin embargo, la idea de intercambiar trabajo por retribución es mucho más antigua. En la Roma clásica, por ejemplo, a los soldados de las legiones se les pagaba con sal —de ahí el término salarium.
Pero la vida no podía agotarse en las fábricas. Y con esa tensión surgió una pregunta fundamental: ¿qué hay más allá del trabajo? Durante los inicios de la industrialización, las jornadas laborales podían extenderse entre 16 y 24 horas, sin distinción entre adultos y niños. Existen registros de niños de apenas seis o siete años con sus cuerpos deformados por el desgaste de jornadas extenuantes. Frente a esta realidad, emergieron luchas sociales decisivas. Fue el empresario galés Robert Owen quien planteó una idea revolucionaria para su tiempo: dividir el día en tres partes iguales —ocho horas de trabajo, ocho de recreación y ocho de descanso—. Allí se gestó uno de los primeros intentos por dignificar la vida del trabajador.
Mayo inicia con la conmemoración del Día Internacional de los Trabajadores, cada 1.º de mayo, fecha que recuerda la lucha histórica del movimiento obrero por la jornada laboral de ocho horas. Se honra así a los “Mártires de Chicago”, obreros ejecutados en 1886 tras exigir mejores condiciones laborales. Que este mes sea entonces una oportunidad no solo para recordar, sino para encarnar el legado de tantos líderes sindicales y sociales que han marcado la historia con su lucha, incluso desde lo más cotidiano: la crianza, la paternidad, la construcción de comunidad.
Hoy, en muchos lugares del mundo, los trabajadores contamos con garantías mínimas que permiten pensar la vida más allá del trabajo. En algunos contextos más que en otros, pero existen avances. En Colombia, la lucha por los derechos laborales continúa: lenta, a veces fragmentada, pero persistente. La ley ha abierto espacios de protección y ha consolidado ciertos beneficios para la clase trabajadora.
Sin embargo, el mundo contemporáneo —marcado por la lógica neoliberal— ha desdibujado la relación clásica entre patrón y proletario. El consumo y la voracidad del sistema económico han ampliado la noción de trabajo hasta volvernos, de algún modo, a todos obreros: el artista que llena estadios es un obrero de la industria musical; el profesor, un obrero de la educación; el trabajador de a pie, un engranaje más de la maquinaria productiva. Aunque se han conquistado derechos, todos seguimos saliendo a laburar, como si aún pesara sobre nosotros aquella antigua condena bíblica: ganar el pan con el sudor de la frente.
Columna: opinión
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