No sé cuándo llegó a Pescaíto esta familia. Rápidamente se fusionó con la esencia del barrio y dejó un recuerdo inolvidable en la memoria de sus vecinos.
Evans Harding y su esposa, Muriel Williams, eran oriundos de Trinidad y Tobago, en las Antillas Menores. Él era un hombre menudo, de baja estatura y andar presuroso. Nunca lo vimos caminar despacio. Miraba hacia los lados, como si alguien lo persiguiera. Jamás abandonó una gorra que hacía parte de su indumentaria. Lo llamaban ‘Piquinini’, apodo que en las Antillas y el Caribe significa niño de baja estatura. Cuando lo conocí, el señor ‘Piquinini’ trabajaba en el ferrocarril que la compañía gringa United Fruit Company había construido para sacar y llevar hasta el puerto el banano cultivado en la Zona Bananera. Su oficio de maquinista en esos trenes le dio la severa disciplina que aplicaba en otras actividades, como el deporte.
Recuerdo al señor ‘Piquinini’ cuando se desempeñaba como “umpire” —ampáyer, decíamos nosotros— en partidos de béisbol en La Castellana o en otros campos de la ciudad. Sus decisiones eran inapelables. Si había alguna duda, abría exageradamente los ojos ante el reclamante y todo terminaba allí. ¡Qué respeto imponía este señor! Cada vez que veo la imagen de Louis Armstrong, músico de jazz, con sus ojos desorbitados, pienso en el señor ‘Piquinini’. Ni más ni menos.
Entre los hijos del señor Evans se distinguían Alberto y Jaime. ‘Chito’, el mayor, practicaba boxeo con sus dos hermanos en una construcción abandonada llamada ‘Las 100 casas’, a cincuenta metros de la residencia familiar. No les molestaba que los llamaran con el apodo que ya cobijaba a toda la familia. Así, pues, siempre nos referíamos a Alberto ‘Piqui’ y a Jaime ‘Piqui’, muy serviciales y sociables con sus vecinos.
Nuestro entrañable personaje vivía en la calle 5 (antes calle 21) entre carreras 9 y 10 del barrio Pescaíto. La casa de los Harding tenía en su frente un quiosco que funcionaba como tienda; era de forma hexagonal, se llamaba ‘El Sporting’ y ocupaba gran parte de la arenosa calle. Ese sector, por las noches se convertía en escenario de juegos populares: ‘Libertad’, ‘4, 8 y 12’, ‘La lleva’ y otros. Algunos vecinos se molestaban por la algarabía que causaban decenas de jóvenes inofensivos. Sobra decir que la familia Harding nada tenía que ver con esta situación, solo que el ambiente ameno de esa cuadra se prestaba para el desarrollo de estos juegos. Se puede afirmar que ‘El Sporting’ desempeñaba un papel importante porque a su alrededor giraba el bullicio de las noches pescaiteras.
Pero la intolerancia de un señor —Serapio era su nombre— rompió una noche la alegría que encontrábamos frente a ese quiosco. Se marchó presuroso a la Inspección Norte de Policía y allí expuso una versión exagerada de la situación.
—Por esa calle no puede pasar una mujer decente porque esos ‘pelaos’ le faltan al respeto —dijo ante el inspector de turno.
Llegaron de improviso varios agentes de policía y se llevaron a dos niños que ni siquiera participaban en los tradicionales juegos. Mientras caminaban hacia la Inspección, se escucharon los gritos de una madre llamando a su hijo, como era costumbre, a las nueve de la noche.
—Esa es mi mamá, que me está llamando para dormir —dijo uno de ellos.
Los policías ni se inmutaron. Siguieron hasta la Inspección con sus dos ‘trofeos’. Pero no habían pasado cinco minutos cuando se presentó una dama de mediana edad, natural de La Guajira, a reclamar la libertad de su hijo.
—¿Por qué lo trajeron aquí? —inquirió sin altanería pero sí con determinación intimidatoria.
—Son vándalos. No puede pasar mujer honrada frente a ellos porque le faltan al respeto. Eso dijo este señor, quien acaba de poner la denuncia.
La señora —¿será ya el momento de decir que era mi madre?— miró a Serapio con desprecio. Lo conocía de toda la vida. Agarró a los dos niños al tiempo que decía: —¡Se van conmigo ya! Y tú, Serapio, ¿cuidando a las mujeres ajenas? ¿Por qué no cuidaste a la tuya, que se te fue con un policía?
Los agentes ocultaron una risita burlona mientras nos veían abandonar el recinto.
Los Harding han dejado huella imborrable en Pescaíto. Precisamente, por su bonhomía y su aporte al engrandecimiento del sector, los organizadores de la conmemoración de los 500 años de la fundación de Santa Marta han exaltado los méritos de esta familia, señalándola como ejemplo esencial de la ciudad.